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sábado, 23 de febrero de 2013

DOLENCIA



 En el aire, la llama de un suspiro,
en el fragor, el grito de un silencio,
en la boca, rotos de fragua y nieve,
en las arrugas del agua, sus sueños.

 Aroma de malva en pisada cruel,
en lino del ara, puntilla blanca,
férreo ariete doblegador de sinos,
hoz de molino descarchando el agua.

 Bronce recio de campana sumisa,
faro cortante de perenne bruma,
pararrayos de negros huracanes,
sembradora de desiertos y tundras.

Cuando el hijo le quebró el camino,
su desnudo pecho se abrió a la lanza,
rompió su armadura el amor de madre,
perdió la última de las batallas.



Mª Carmen Prada Alonso



DESEO



 Cuando en mi lecho el día oscurece
y las sombras inundan mis ojos,
yo siento
que algún día mi vida,
su aliento
entregará el calor al frío de la muerte.

Y pienso
que si puedo elegir, Dios me de la suerte
de morir de noche, que al morir
no quiero
sentir que queda vida mientras yo
me muero.



Mª Carmen Prada Alonso









jueves, 14 de febrero de 2013

REGRESO AL AMOR


PRIMER PREMIO  V CERTAMEN LITERARIO SAN VALENTÍN ASOCIACIÓN TIERNO GALVÁN DE STA. MARTA DE TORMES

FEBRERO 2013


 I

Cubre el paisaje la escarcha de las frías noches,
               llora la mañana rocío en el camposanto,
lanza el viento su monótono y eterno canto,
y tu, amor, has abierto ya tus blancos broches.

 Tibio sueño que adormece la más negra sombra,
alegres sonrisas en el más fiero dolor,
pincelada suave en cuadro sin color,
estruendoso grito de una voz que sin voz nombra.

 Tántas viejas añoranzas, recuerdos, tristeza,
tántas alegrías, penas, mi sentido gozo,
recién nacido, anciano, hercúleo mozo,
niño que muestras en flor la flor de la pureza.

 II

Loco tu llegar, tu larga vida y agonía,
reposa siempre la savia en tu tronco seco,
al mirarte pienso, amor, que en ti renace el eco
de esa voz que alivia suavemente el alma mía.

 Te abandoné al marchar, desgarrado como mi alma,
rutilante de ansias, estrellas, sol y fuego,
te di mi último adiós, mi desesperanza, y luego
pedí que tu recuerdo me diera paz y calma.

 Y ahora que he vuelto, amor, ahogada en mil penas,
tu te extiendes ante mi, me rindes tu calor,
ramilletes de llamas me ofrendas con tu flor,
para abrigar con ellas el frío de mis venas.

  III

No me atrevo, amor, ni a suplicarte,
que viéndote me lleno de vergüenza,
se derrumba ante ti mi falsa fuerza
nada tengo que pueda compensarte.

 Tu has sabido guardar todo lo tuyo,
yo perdí mi dulzura y mi inocencia,
tu has seguido valiente en tu conciencia,
yo la mía traicioné, que de ella huyo.

 Sigues fiel, aguardando primaveras,
yo no quise esperar, me fui a buscarlas,
tu sigues dando flores, yo al tirarlas
perdí lo que en mi vida, vida eras.

  IV

Regreso a ti, amor, con mis errores,
lava mis pecados en  blanca esencia,
deja que en ti, mi abrasada conciencia
se pueda apagar entre tus ardores.

 Lanza con fuerza a mi oscura ventana
relámpagos de luz para calmarme,
hazme llegar tu brillo al despertarme,
ilumina para siempre mi mañana.

 Absuélveme la bruma del pecado,
llena de albas mis penas, mi alegría,
tráeme presto tu vida, y que en la mía
haya siempre futuro, no pasado.



Mª Carmen Prada Alonso





            ......................







lunes, 4 de febrero de 2013

El Nacimiento de Genaro (Cuento de Navidad)





GANADOR CERTAMEN CUENTOS DE NAVIDAD CIUDAD DE BÉJAR 2010



           Había sido leñador durante toda su vida, desde que el padre vio que dominaba
el hacha y tenía buen soporte en la espalda para cargar la leña.
Se amontonaban junto a la cabaña los pesados haces, formando pequeñas montañas que transportaba en el carro para venderlos en los pueblos cercanos. Durante todo el año, bajo el abrasador sol del verano y la helada nieve del invierno, Genaro recorría a diario el camino que le llevaba a ganar el sustento de su familia. El bosque era generoso y él  tenía unos brazos fuertes. Con eso bastaba.
          Tenía el rostro anguloso, ojos pequeños y vivarachos, el pelo ondulado y la piel morena.

         Le dio Dios un hijo, Manuel, y a cambio se llevó a la madre. Consiguió sacarlo
adelante con la ayuda de algunas buenas gentes del pueblo y en cuanto tuvo edad,
se lo llevaba con él al bosque, más por no dejarlo solo que porque necesitara ayuda.

Era un niño tranquilo, con una mirada transparente, pelo castaño y carita redonda.

Sus vidas eran sencillas, un poco al amparo de la tía Luisa, hermana de Genaro, que vivía en el pueblo, a poco más de dos kilómetros de donde estaban ellos. Subía todos los días y organizaba la cabaña, algo de comida, y repasaba la ropa. Poco trabajo daban, había tan pocas cosas que apenas podían descolocar algo, y además, estaban acostumbrados al orden y a la limpieza. Tenían solo lo que necesitaban y se consideraban felices con lo que les proporcionaba su trabajo.

 Manuel iba a la escuela del pueblo, y cuando aprendió a leer y a escribir, su padre se sintió orgulloso de que el muchacho hubiera tenido la oportunidad que él nunca tuvo. No es que fuera a servirle de mucho, tampoco llegaría más lejos que lo que marcaban las lindes del pueblo, no podía darle más, pero estaba seguro de que aprender era bueno para su hijo.

Cuando Genaro vio que Manuel comprendía las cosas, empezó a hablarle de su madre. Y le contó que había sido la más hermosa de todas, que tenía una trenza larga, negra, los ojos del color de los árboles en otoño, que olía a hierba, y que su miraba daba paz. Había sido muy buena, la había querido con toda su alma. Le contó que cuando ella murió, a él también se le fue la vida, y que solo le mantuvo cuerdo aquel pedacito de ella que le había dejado. Con tanto detalle la describía, que Manuel la imaginaba con la misma nitidez que si la tuviera al lado.

No era capaz de entender cómo Dios podía haberse llevado a su madre, dejando a aquel buen hombre sumido en la desgracia, y a él, huérfano del calor de sus brazos. Pero Genaro le explicaba que Dios tendría sus razones, y que a buen seguro estaría en el lugar más bello del Cielo.

Y así transcurrían los días, serenos, sencillos, casi iguales.

Cuando Genaro se casó, sabía que, desde niña, su esposa había soñado con tener un Nacimiento, con muchas figuritas, un río, un puente, una hermosa Virgen, San José con su barba y su cayado, y el Niño Jesús. Nunca soñó con muñecas, solo con el Nacimiento para la Navidad. Siendo tan pobres, jamás podrían comprar todo aquéllo y debía conformarse con acercarse a ver el de la iglesia, humilde, pero bello dentro de las posibilidades que el pueblecito tenía.

Casi desde el día de la boda, Genaro le prometió que tendría su Belén. Era hábil tallando la madera y poco a poco lo conseguiría. Y así fue como Genaro, cada noche, dedicaba un buen rato a trabajar aquellas figuritas, con la ilusión de cumplir el sueño de su amada. Poco podía imaginar que ella jamás llegaría a verlo.

Cuando murió, tuvo intención de echar todo al fuego, ya no tenía sentido seguir, ella se había ido, y con ella, su sueño. Pero no lo hizo; algo, no supo qué, se lo impidió.

Hasta que unos años después, al llevar a Manuel a la iglesia y ver el brillo de sus ojos contemplando el Nacimiento, decidió continuar su obra. Su hijo podría tener lo que su madre había soñado.

Observaba el pequeño que cuando iban al bosque a buscar la leña, su padre tenía un árbol elegido al que sólo le cortaba una rama, la cual apartaba de las demás con sumo cuidado, y luego la llevaba, no en el carro, sino en su propia mano, hasta el interior de la cabaña, dejándola apoyada junto al lar. Y cada noche, después de la frugal cena, la cogía y, a la mortecina luz de la vela, comenzaba a tallar en ella pequeñas figuras de personas y animales. Como única herramienta, la navaja que llevaba siempre en el bolsillo y que manejaba con tal destreza que parecía ser un dedo más de su propia mano. Nunca cortaba un trozo para luego tallarlo, lo hacía directamente sobre la rama, figura a figura, hasta donde daba, y una vez terminadas, las despegaba suavemente y las iba colocando en un cajón de madera. Aquel cajón llevaba allí mucho tiempo, tánto que Manuel lo recordaba desde siempre; la única diferencia era que cada vez iba teniendo más figuras en su interior.

Cuando de la rama ya no se podía sacar más, Genaro volvía a coger otra, siempre del mismo árbol, siempre una sola, siempre cuando se acababa la anterior.

Manuel veía que su padre llevaba años haciendo aquéllo, y a veces la impaciencia le dominaba.

-Padre, ¿no cree que ya hay suficientes? ¿Por qué no hace las de la Virgen, San José y el Niño, y así podremos ponerlo ya para este año?

-Unas más y haré la familia-contestaba.

Manuel no sabía que su padre lo había intentado muchas veces, pero no podía. Cuando clavaba la navaja en la madera con la intención de hacer una de las tres figuras que le quedaban, le era imposible imaginar sus caras, sus cuerpos, sus ropajes, y no le salían. Tenían que ser los más bellos, distintos, pero no podía hacerlos. Y así noche tras noche, intentándolo una y otra vez, con la esperanza de que a la siguiente ya lo conseguiría.

Cada Navidad una disculpa, cada Navidad una nueva decepción.

Pasaban los años y Genaro se iba haciendo viejo. Manuel había desistido ya de animarle a completar aquel Nacimiento cuyas figuras casi desbordaban el cajón; lo dejaba pasar sin llegar a conocer nunca el sufrimiento de su padre por no ser capaz de terminar su obra.

Un día Genaro notó que se le velaban los ojos, otro que la neblina cada vez era más densa, y así hasta que llegó a necesitar la ayuda de su hijo para casi todo. Ahora era Manuel el que llevaba a su padre al bosque para no dejarlo solo.

Un nuevo invierno había llegado y ya había dejado sus primeras nieves que, suaves y blandas, formaban un hermoso tapiz que cubría el paisaje. Sus pisadas quedaban marcadas a medida que avanzaban por el bosque, mezclándose con las diminutas huellas que habían dejado las patitas de los pájaros. El cielo, inmensamente azul, brillaba con el resplandor del sol, y las hojas de los árboles despedían miles de pequeños reflejos al ser mecidas por el tenue viento.

-Padre, qué día más hermoso, parece el despertar de la primavera más que el invierno, y eso que ya estamos casi en Navidad.

-Pocos deben quedar ya para mí-se lamentó Genaro-, cada día estoy más viejo e inútil.

-No diga eso, padre, sin usted no podría  hacer el trabajo, que bien me marca lo que debo cortar y cómo amontonarlo, y me da consejo en todo. Al fin y al cabo solo le falta la vista, y poniendo yo mis ojos, está todo arreglado.

-Llévame al árbol, hijo, al del Nacimiento, que quiero quedarme ahí en lo que tú cortas.

Manuel condujo a su padre y una vez llegaron, lo dejó allí para que tomara descanso en lo que él conseguía la leña del día.

Apoyado en el grueso tronco, Manuel alzó sus manos buscando las ramas que se extendían a su alrededor y comenzó a acariciarlas. Luego se abrazó a una de ellas y dejó escapar su triste lamento.

-No he sido digno de tallar en tu seno las soñadas figuras de la Santa Madre, ni la del Santo José, ni la del Divino Niño, para cumplir el sueño de mi añorada esposa. Quizá no sea merecedor de crear tal obra siendo tan solo un humilde leñador. Mis ojos, ahora ciegos, nunca pudieron ver belleza tal que pudiera reflejar en ninguna de mis figuras, y fue tarea imposible intentar hacer copia de lo nunca visto. ¿Cómo osé querer igualarme a los grandes artistas que tallan Vírgenes y Santos? Hubiera querido dejarle a mi hijo la única herencia que podía darle, la del amor profundo que sentí por su madre y que quedaría para siempre en el Nacimiento que ella quería. Quizá pequé de soberbia, Señor, perdóname, no quise ofenderte.

Caían imparables lágrimas de dolor y amargura por sus mejillas, y al oír sus sollozos, Manuel tiró el hacha y se fue a consolarlo. Al acercarse a él, miró asombrado lo que estaba sucediendo, mientras un calor extraño recorría su cuerpo. Las lágrimas que caían de los ojos de Genaro, resbalaban lentamente por la rama y a su paso iban tallando en ella las tres figuras más bellas que jamás había visto. San José con el rostro anguloso, los ojos pequeños y vivarachos, el pelo ondulado y la piel morena. El Niño Jesús tranquilo, de transparente mirada, pelo castaño y carita redonda. Y tenía la Virgen una hermosa trenza larga, negra, los ojos del color de los árboles en otoño, olía a hierba, y su mirada daba paz.

Cayó Manuel sollozando a los pies de su padre, clavando sus rodillas en la nieve, y se abrazó a sus piernas. Apoyado sobre la rama, el rostro de Genaro se había quedado quieto, sereno. A través de las lágrimas sus ojos se aclararon y distinguieron la hermosa figura de su esposa, que se acercaba a él iluminándole con una dulce sonrisa. Entonces extendió sus manos y se agarró fuertemente a las de ella.

Sus ojos, dormidos para siempre, habían dejado de llorar.

                   

FIN



Mª Carmen Prada Alonso


sábado, 2 de febrero de 2013

Burlonas o amantes (Poema)










CERTÁMEN XIII - AÑO 2011 LETRAS DE BAÑOS
Tercer Premio VERSO




Siento el frío cristal en el que mis palabras se han quedado pegadas


y me mezo en la neblina del vaho que en él ha dejado mi aliento,

se han parado el latido, el minutero, el pensamiento,

y aflora en ellas el deseo de sentirse liberadas.

Abajo, la tierra que agarra al árbol, poderosa,

parece llamarme reclamando para su lecho mi vida,

clavo mis ojos en ella, y mi mirada perdida

queda envuelta en la aspereza de su piel rugosa.

Galopan mis sentires por las trenzadas aguas del río,

y me siento él, voluble, creador, vagabundo, incansable,

rasga el aire su murmullo somnoliento, imparable,

y en mi alma se mezclan el fuego y el escalofrío.

Allá lejos burbujean las esencias de las flores

que juguetean arriesgadas con el viento y las brumas,

dejando en el aire mil reflejos, mil espumas

que piadosas enmudecen el gemir de mis dolores

Quiero sentirme nube, pájaro, noche, viento,

todo lo que mi cansada vista alcanza,

quiero bailar con ellos en etérea danza

sé que puedo, lo hago, soy el príncipe del cuento.



Sin embargo, en las palabras se detienen impotentes mis anhelos,

no me atrevo ni siquiera a acariciarlas,


de la empolvada sábana de mis vivires, no puedo sacarlas,

solfeos de tristezas las han cubierto con lúgubres velos.

Vuelven mis ojos a la dura tierra, ¡pobre desahuciado!,

que abajo sigue esperando mi vil desesperanza,

mi mente queda envuelta en son de negra danza,

que me lleva morir sin remedio en el silencio odiado.

Y de pronto, sol y lluvia se funden en el cielo,

y el arco iris salvador mis palabras enreda en sus colores,

ellas quieren entrar, entran, se bañan de esplendores,

bailan, brillan, y rompen con estrépito mi duelo.

Y a gritos les pido, inalcanzables, de lleno iluminadas,

que griten, que me llamen, que me abracen risueñas,
que al fin me dejen llegar, que se hagan mis dueñas;


y ellas, burlonas o amantes, no sé, me miran sonrojadas.




Mª Carmen Prada Alonso