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miércoles, 9 de enero de 2013


               LOS HERMANOS QUE JUGABAN CON LAS PALABRAS

2º PREMIO CERTAMEN CUENTOS INFANTILES VIEJO CASTILLO 2013
                                                           

En 1.961 Jaime tenía diez años. Había aprobado el curso con sobresaliente y se disponía a pasar un magnífico verano.


Era hijo único, y por aquel entonces a los hijos únicos se les consideraba como una especie rara, ya que la mayoría de las familias eran numerosas. Así que tuvo que sufrir aquella carga, oyendo frases como la de “hijo único, hijo tonto”, y otras parecidas. Fuera de aquello, su vida transcurría con normalidad.


Los veranos solían ir quince días con su brillante “Seiscientos” verde a la playa, siempre al mismo sitio, y coincidía con los niños de los que acabó siendo amigo de temporada.


Además de eso, pasaban una semana en el pueblo de sus padres, en casa de los abuelos paternos, ya que los maternos se iban fuera todo el verano a un pisito que habían comprado en la costa.


Para los padres de Jaime ir a pasar unos días a San Cristóbal era disfrutar del lugar donde habían nacido y donde se habían criado. Los dos eran de allí, se conocían desde de pequeños y acabaron enamorándose.


Pero aquel año las vacaciones iban a ser distintas. Aquel año pasaría algo que afectaría a su vida para siempre.


No hubo viaje a la playa. Su madre se había quedado embarazada, y la alegría de tener un tan esperado nuevo hijo se ensombreció por el reposo obligatorio que tenía que guardar. Además tendría que quedarse en la ciudad por las posibles complicaciones que pudieran producirse. Y decidieron que él se fuera a pasar el verano al pueblo con los abuelos.


Cuando el Seiscientos desapareció por la carretera, aún se quedó un rato mirando a lo lejos, como esperando que de repente se dieran la vuelta y aparecieran de nuevo. Su abuela permaneció junto a él, con el brazo por encima de su hombro. Luego lo empujó suavemente hacia la casa y le preparó una estupenda merienda.


A la mañana siguiente, Jaime no sabía muy bien qué hacer. La abuela le animaba a que fuera a la plaza, donde seguramente estarían jugando los niños del pueblo, pero  era tímido y no le atraía la idea de acercarse a quienes apenas conocía. Quizá más tarde, cuando ya hubiera coincidido con ellos en algún sitio y cogiera un poco de confianza. Pensaba que se reirían de él y le resultaba difícil quitarse esa idea de la cabeza.

La abuela se pasaba las mañanas trajinando por la casa, iba a hacer sus recados, preparaba la comida y tendía la ropa en el pequeño huerto que había en la parte de atrás. Jaime le ayudaba en lo que podía, intentando llenar sus horas de aburrimiento con algo que le hiciera pasar más rápidamente el tiempo. Por las tardes dormían un rato la siesta, y luego la abuela desaparecía, llevando bajo su brazo una carpeta y una silla plegable. Mientras, el niño se dedicaba a jugar en casa con su boliche, a la peonza, que manejaba con gran maestría, a hacer carreras con su colección de cochecitos, al Meccano, o a ayudar al abuelo a regar el huerto. Resignado pensó que aquel iba a ser el peor verano de su vida.


Una tarde, cuando vio salir a su abuela, decidió seguirla. El camino se dirigía directamente al río, en cuyas orillas crecían altos juncos y árboles que se inclinaban retorcidos, hasta casi tocar el agua. Había una pequeña pradera salpicada por picos rocosos, entre los que a duras penas se podía caminar. Finalmente llegó a un pequeño claro en el que desplegó la silla y se sentó, poniendo la carpeta sobre sus rodillas.


-Acércate, que ya me he dado cuenta de que venías tras de mi.


Jaime saltó por las rocas y se sentó en el suelo junto a ella.


-Vaya oído que tienes, abuela, he procurado no hacer ruido. ¿A qué vienes aquí?.


La abuela abrió la carpeta y de ella sacó un libro de hojas amarillentas, con las tapas negras de piel, desgastadas por el uso, y una cinta de goma negra que servía para cerrarlo, y en la que estaba enganchada una pluma.


Apoyó sus manos en él, como si quisiera protegerlo, y en lugar de contestar a la pregunta, dijo:


-Te voy a contar una historia.

-¿Está en ese libro?

-En cierto modo si. Escucha:


-Hace miles de años, había una madre que tenía muchos hijos. Cada uno era de una manera, tanto los chicos como las chicas, pero tenían dos cosas en común: su exquisita belleza y una extraordinaria habilidad para hacer que todos los que les conocían se quedaran embelesados oyendo cualquier cosa que dijeran. Lo mismo daba que hablaran del cielo o del infierno, del calor o del frío, del amor o del desengaño, de la alegría o de la tristeza, de la vida o de la muerte.


Sin embargo, cada uno de ellos tenía una forma particular de expresarse, diferente a la de los demás hermanos. Los mayores lo hacían con frases largas, mientras que los pequeños las utilizaban más cortas.


A todos ellos les gustaba jugar con las palabras, y con sus sonidos. Unos cogían las que sonaban igual, o parecido, y las colocaban a una determinada distancia, de forma que entre ellas formaban una especie de cadena que las unía. Pero eso no era todo. Ampliaban el juego haciendo que esa distancia no fuera siempre la misma, unas veces corta, otras larga, y así conseguían que su juego tuviera muchas más posibilidades.


Y luego estaban los hermanos rebeldes. Ellos hacían siempre lo que se les ocurría en el momento, no tenían un juego establecido, se limitaban a jugar con las palabras alocadamente sin pensar en ninguna regla determinada.


Todos, cada uno a su manera, conseguían que los que veían sus juegos, sintieran que entraban en su alma y la transformaban, oían música, soñaban despiertos, su imaginación volaba, y algo cambiaba en ellos, transportándolos a un mundo de paz y ensoñación.


Y es que todos los hermanos tenían un don: una extraña magia que hacía que el sol brillara de noche, que el día se cubriera de estrellas, que volaran por el cielo pájaros de plata, que el trigo cantara hermosas melodías, que el agua de las cascadas se convirtiera en trenzas de plata, que un rayo de luna se hiciera mujer. Todo cuanto puedas imaginar eran capaces de hacerlo, no había límites para ellos.


Cuando llegaba la primavera, los hermanos salían alocados a empaparse de aire perfumado, de lluvia, de sol, del trinar de los pájaros, de suspiros perdidos en la brisa. Se acercaban a las parejas de enamorados y absorbían de ellas el sutil aroma del amor.


En verano, se enredaban en las mieses, jugaban con el agua de los ríos, acariciaban el sudor de los segadores, retozaban en la arena de las playas, bailaban con la luna, jugaban al corro con las estrellas y se disfrazaban con el humo de los cirios de las romerías.


En otoño llenaban sus bolsillos de las hojas amarillentas que caían al suelo, burlaban al viento, se colaban entre las gotas de la lluvia, se bañaban en los charcos y se colgaban de las ramas semidesnudas de los árboles.


Y en invierno disfrutaban viendo caer la nieve, oyendo el chisporroteo del fuego en los hogares, patinando sobre las aguas heladas de los ríos, coloreando sus naricillas con el rojo del frío  y  bebiendo la escarcha de las mañanas.


Pero no todo lo que veían era alegría. También estaban presentes en el dolor, en la muerte, en la tristeza, en la desesperación, en la soledad, en la guerra, en todo aquello donde se necesitaran sus juegos. Porque si algo tenían todos los hermanos era que les afectaba cualquier cosa que pasara en el mundo.


Durante todos los siglos que han pasado desde que aparecieron por primera vez en el mundo, nunca han dejado de jugar. La madre y sus hijos siguen con nosotros y seguirán hasta el final de los tiempos.


-¿Y quiénes son, abuela? ¿Dónde están? - interrumpió Jaime

-Están aquí, mira.


La abuela levantó sus manos del amarillento libro y lo abrió, mostrándoselo.


-La madre se llama Poesía. Sus hijos son los Poemas. Ellos juegan con las palabras y forman versos con los que hacen estrofas.


Empezó a pasar las hojas del libro, mientras le explicaba:


-Mira, éste es Romance. Le gusta utilizar muchas palabras, es largo, y cuenta historias de amor, de caballeros, de guerra, incluso de naturaleza. Y aquí tienes a Oda; ella celebra con las palabras, grandes hechos de personas, o cualidades de cosas. Éste es Acróstico, que se divierte colocando las palabras verticalmente. Elegía es muy pesimista, habla siempre de dolor, de melancolía y de tristeza. Soneto es muy formal, siempre va trajeado y habla de cualquier tema que se le ponga por delante. A Greguería le gusta jugar con el humor y la ironía. Caligrama hace dibujos de cualquier forma con las palabras. Haikú es muy escueto y casi siempre expresa su amor por la naturaleza, fotos de instantes. Himno es muy solemne y resalta el fervor religioso, patriótico o deportivo. Como verás en el libro, hay muchos más. Tendrás que ir conociéndolos poco a poco, así podrás entenderlos, hasta que te metas de lleno en sus juegos. Entonces conseguirás vivir en su maravilloso mundo.


-Me gustaría jugar con ellos, abuela. ¿Puedes enseñarme?


-Solo tienes que entrar en el gran jardín de las palabras. Intenta encontrar las más bellas, las que al jugar con ellas suenen a música dulce, las que te envuelvan con sus mejores aromas, las que te hagan cerrar los ojos y soñar. Muéstrales tus sentimientos y ellas te mostrarán los suyos.


-¿Y dónde está ese jardín?


-Te conducirán a él los libros. Lee, lee mucho, aprende de los que empezaron como tu, queriendo jugar con las palabras. Ellos te irán abriendo el camino y un día te verás a ti mismo dominando esos increíbles juegos. Y, ¡quién sabe!, quizá luego otros aprendan a jugar de ti.


Jaime escribió su primer poema cuando nació su hermano.  Poco a poco fue consiguiendo hacer hermosos milagros. Cabalgó por la espuma de los ríos, se bañó en el fuego de las flores, se reflejó en los espejos de la lluvia, voló con las alas de los sueños, secó las lágrimas de las libélulas, punteó los suspiros del viento, consoló las tristezas y coloreó las alegrías.


Veinte años después, sus libros de poesía llenaban las estanterías de librerías y bibliotecas. Pero para él, no era eso lo importante. Jugando con las palabras se sentía feliz, vivía emociones que le llenaban de un sentimiento desconocido, al que nunca supo poner nombre. Había hecho de aquellos juegos una necesidad en su vida.


Los libros que había leído desde que su abuela le enseñó aquel camino, se mezclaban con los que él había escrito, colocados en grandes estanterías. Pero el lugar más importante lo ocupó el de tapas negras y hojas amarillentas que le dejó su abuela, del que jamás se desprendió y con el que había comenzado a manejar el gran juego de las palabras.


Fue para siempre, su joya más preciada.



                                                   FIN




Mª Carmen Prada Alonso