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sábado, 24 de noviembre de 2012

Perpetua


PERPETUA NO TIENE ARREGLO


Suena el móvil y en la pantalla aparece el nombre de mi amiga Perpetua. Hora rara para que me llame, algo ocurre.

-Está claro que no puedo salir de noche y agarrarme estos pedos. Debí coger un taxi. Menudo problema, tienes que ayudarme.

Mi deducción fue rápida.

-Te han pillado en un control de alcoholemia.

-No, no, mucho peor.

-Te has dado un golpe.

-No, ni siquiera llevé el coche.

-Bueno, suéltalo ya.

-Por teléfono no, iré a verte. ¿Estás en casa?

-Sí, pero no me dejes con la intriga, por lo menos dime el título.

-No; está aquí Jesús, no puedo hablar. Voy a verte ahora.

Jesús es uno de sus hijos.

Tendré que escucharla mientras hago la comida, es tarde y no puedo hacer ni un paréntesis. Lo más que puede pasar, como ya me ha ocurrido, es que a la comida le eche sal dos veces, o ninguna, o que tire a la basura el filete limpio y a la sartén los bordes de grasa recortados. Pero Perpetua me necesita, parece angustiada, tengo que atenderla.

La perra ladra y una de mis hijas pulula por mi espacio. Tengo que deshacerme de las dos. La perra al jardín y a mi hija la mando a recoger su habitación, que seguro que todavía la tiene sin hacer.

No entiendo cómo esta mujer, que no hace más gimnasia que la de doblarse para hacer las labores domésticas, puede haber cogido semejante velocidad para llegar a casa en un santiamén. Me pesca con las albóndigas, embadurnada de harina hasta los codos y con el mandil de plástico rojo que compré en un chino. Me fastidia, porque si me hubiera dejado cinco minutitos, me hubiera puesto un poco menos deprimente, que nunca se sabe hasta dónde es capaz de llegar una amiga cuando cotillea con otras, y seguro que no se va a privar de contar las pintas con las que me ha pillado.

Desde la ventana le digo que entre; la llave de la verja está puesta por dentro y la de la casa por fuera. Mi marido dice que cualquier día nos entra algún atracador, pero para eso tenemos a Cusca, que ladra hasta cuando pasan las hormigas. A ver quién aguanta estar continuamente abriendo y cerrando la puerta en una casa que parece la de Bernarda Alba.

Perpetua se sienta con la cara desencajada y busca afanosamente el paquete de tabaco en su bolso. Nuestros bolsos son kits de supervivencia y para encontrar algo, primero buceamos con una mano, luego con las dos y finalmente acabamos dándole la vuelta y desparramando todo su extraño contenido sobre la primera superficie que tenemos a mano.

-¿Tienes agua fría?-me pregunta mientras enciende el pitillo con manos temblorosas.

-¿Agua? ¿No quieres una cerveza?

-¿Con el resacón que tengo? Ni hablar.

Cierro la puerta y le coloco el cenicero en la ventana. En casa no se fuma, somos fumadores pero dentro está prohibido.

-Venga, que me tienes en ascuas, ¿qué te pasa?

Se echa a llorar. Bueno, ahora sí que me preocupa. Miro el reloj; la una y cuarto. Puedo parar quince minutos, ni uno más, para seguir con la comida. Me lavo las manos precipitadamente en el fregadero y me seco con el paño. Cojo yo también un cigarro y me voy a la ventana con ella. Con medio cuerpo fuera las dos, no es la postura más cómoda ni relajante para contar un problema, pero no puedo hacer otra cosa; en el porche pega un sol de justicia y en la parte de la piscina está la ventana de la habitación de mi hija, seguro que nos oiría la conversación.

¡Cualquiera que nos vea! Parecemos dos cacatúas colgadas del alfeizar echando humo desaforadamente.

-Empieza ya de una vez, coño, que no arrancas.

-Pues que la lié. Conocí a un chico, venga copas, venga risas y al final nos fuimos en su coche, y acabamos, ya sabes, acabamos. Lo peor es que no usamos protección y yo estoy en plenos días fértiles, es que estoy loca, no vuelvo a beber en la vida, a ver qué hago ahora, encima por una estupidez, si es que…

Días fértiles, Dios mío, a estas alturas debíamos estar hablando de pérdidas de orina, que nos va más de acuerdo con nuestra edad, pero no, tenía que llegar Perpetua y restregarme por las narices sus incombustibles días fértiles. ¿Pero cuando le va a llegar a ésta la menopausia?  Alguna vez le ha pedido a mi hija un tampón porque le había venido la regla, precisamente estando en mi casa, y yo he llegado a pensar que ni regla ni nada, que lo hace para que me crea que aún la tiene. ¿Y si fuera un farol? No, soy una malpensada, Perpetua no me haría eso.

Del fondo del abismo de mis pensamientos retorna su voz, que no ha parado mientras yo elucubraba.

-¿Qué hago,qué hago?

-Pues la píldora del día después, hija, no queda otra.

-¡Ay, Dios mío! ¿Eso es legal?

Con lo de legal nosotras no nos referimos a la ley humana, sino a la divina.

-Que sí, mujer.(Sé que no, pero ella también).

A mí esta mujer me pasma, es como si yo tuviera que convencerla, claro, así si luego le remuerde la conciencia me echa la culpa a mí y tan  gusto que se queda.

-Sola no voy a comprar “eso”, ¿me acompañas?

-Deberíamos ir a tu ginecólogo y consultárselo, lo mismo “eso” tiene alguna contraindicación o reacción, mejor que él te la recete.

-Ni loca, tía, que me conoce y va a pensar de mí cualquier cosa.

-Perpetua, los médicos no piensan.

-Ya, menuda vergüenza cuando lo vea por ahí. Ni hablar.

Pienso que la vergüenza la tenía que haber tenido antes, pero me callo.

-Pues vamos a una farmacia, pero a ver a cual, que nos pueden conocer.

-En el pueblo, la de detrás de la iglesia, que allí no he ido nunca.

Me lo temía, la cazuela se ha quedado sin caldo y se han pegado los guisantes de la guarnición. Rescato lo que puedo y mando a Perpetua a su casa; iremos por la tarde a comprar “eso”.

A mí, Perpetua me descoloca mucho. Por un lado la entiendo, ¡pobre! Eso de que de la noche a la mañana el marido te plante con seis cabezones porque se ha enamorado de otra veinte años más joven, es para morirse. Y así se quedó, muerta. Se hundió, tuvo que ir al psiquiatra y al final con el Alprazolan lo fue llevando. (Yo también voy tirando con el Alprazolan, pero dosis menores que ella, y por causa contraria: mi marido no se va ni con fufú).

La conozco desde que éramos muy jóvenes, pero entonces solo la conocía de vista. Y tan de vista; ella pertenecía a ese grupo del que nuestras madres nos querían ver lo más lejos posible. No había guateque en el que no estuviera, ni festejo en el que no brillaran sus largas y minifalderas piernas, vamos, lo que se dice muy vista. De estudiar, nada, claro, no aprobaba ni una, todo fiesta. Y así le fue. Yo no me divertí tanto, pero tampoco me hizo falta, estudié mi carrera, dos novios y al segundo al altar, como Dios manda, o al menos como mandaba en aquella época. No volví a verla hasta que después de muchos años acabamos viviendo en verano en la misma urbanización. Se había casado de penalti, como no podía ser de otra manera, luego le empezaron a llegar hijos y acabó dependiendo del dinero del marido, tragando con todo lo que él hacía, (y hacía mucho), porque a ver donde iba con la prole y sin un mal oficio.

En fin, que al final con ansiedad, con la cabeza llena de los pájaros que nunca se ausentaron del nido de su melena teñida, y añorando locamente sus particulares noches de ron y claveles.

Y un mal día el marido le dijo a lo bruto que estaba con otra. En eso de la sinceridad no se quedó corto; claro que ya llevaba con la otra un año, hasta que la otra le dijo, como hacen todas las otras, que ella o su mujer. Y dejó a Perpetua.

Nos hicimos muy amigas, me contó sus cuitas y desde el primer momento le dejé mi hombro. La verdad es que aún con la pena que me dio, me hizo sentir triunfadora, después de todo mi madre tenía razón, hay que llevar una vida ordenada para acabar bien. Y yo había acabado bien, una familia, un marido decente que me quería y un trabajo que durante veintitrés años me había servido para sentirme completa. Después a la empresa le pilló la crisis y al paro, bendito paro. A partir de entonces empecé a vivir como una maruja, con sus ventajas y sus inconvenientes, pero feliz. Bueno, feliz y aburrida, eso sí, que después de tantos años empecé a echar de menos las salidas y las fiestas. Así que cuando intimé con Perpetua, las dos vimos el cielo abierto. Y es que a nuestras edades no es fácil encontrar amigas que puedan salir de verbena. O ya no tienen espelde o, por supuesto, los maridos no las dejan salir sin ellos. A mí también me hacía falta airearme, que con este buen hombre que Dios me dio, la última salida fue al guateque que organizó nuestro amigo Evaristo en un reverdecer que tuvo.

Salimos algunas noches, espaciadas, eso sí, para que mi santo no se cabreara mucho. ¡Ay que bien me supieron aquellos tres cubalibres con los que me di el homenaje! El problema es que tengo mal beber, la falta de costumbre, creo, y al despertar me explotaba la cabeza. Pero Perpetua insistió, anda, venga, tómate otro, mujer, y cayeron los tres. A la siguiente salida le dije que no insistiera, que yo agüita y punto. Claro, a la hora yo estaba aburrida como una mona en el zoo, y ella de risas con todo el mundo. Era como si se estuviera redescubriendo, más bien se metía en una regresión en la que se veía joven, libre, loca. Solo le faltaban las plataformas y el pantalón campana.

Al final me di cuenta de que no podía seguir su ritmo nocturno y se va apañando sin mí, olvidando sus pesares cotidianos, su soledad camera. Eso sí, de día inseparables.

Coloco los cacharros en el lavavajillas y termino de recoger la cocina. Me acuesto los veinte minutos de siesta y veo el principio del cotilleo de la tarde. Andrés ya se ha ido a trabajar, mis hijos no sé donde andan, saboreo mi ratito de soledad y de no tener nada que hacer hasta la hora de la cena. Me doy unos retoques y llamo a Perpetua. A las seis en punto nos ponemos en marcha. Llevamos una cara de idiotas que se nos nota a distancia. Apenas hablamos por el camino, son diez minutos los que se tarda en llegar, diez minutos que en otras circunstancias nos hubieran llegado para diez mil cotilleos, pero ahora vamos mudas. Buscamos aparcamiento y nos dirigimos a la farmacia.

Aquella puerta con la cruz de luz verde intermitente encima, nos parece una gran muralla que tenemos que conquistar. Cuchicheamos en voz baja cómo vamos a hacerlo. Hay una señora dentro comprando y esperamos a que salga. La farmacéutica, desde el interior, nos está viendo, seguro. Sale la clienta y entramos; no sé porqué nuestros pasos son cortos y lentos, como si nuestros tacones se fueran clavando en el suelo. Después de recorrer aquel trayecto eterno, nos plantamos delante del mostrador y Perpetua dice de golpe:

-La píldora del día después.

Ni un gesto por parte de la farmacéutica que, como una autómata, se dirige a un cajón, lo abre, escarba un poco y, ¡zas!, aparece en su mano una cajita.

Perpetua y yo miramos fijamente “aquello” y nos quedamos mudas, sin atrevernos a levantar los ojos. El lento tictac del reloj que hay en la pared resuena en nuestros oídos como cañonazos. Me lanzo. Hay que terminar de una vez.

-¿Y esto cómo va? Vamos, que cuándo hay que tomarla y si tiene algún efecto secundario o contraindicación.

La puñetera sigue siendo autómata hasta para contestar.

-Hay que tomarla antes de las setenta y dos horas, mejor dentro de las veinticuatro horas siguientes al…

-Ya, ya-le corto.

Silencio masticable. Perpetua me mira, yo la miro.

-¿Cuánto cuesta?-dice con un hilo de voz.

-Dieciocho euros.

Autómata total.

-¿Puedo ver el prospecto?

La estatua lo  saca de la cajita y se lo da. Perpetua lo coge como lo haría un hambriento con un trozo de pan, se pega a mí y nos ponemos a leerlo con mirada ávida.  Parece un libro de texto, ¿cómo leerlo todo? Entra un cliente y nos apartamos del mostrador sin despegar de nuestros ojos el atiborrado papelón. Nos miramos, respiramos hondo y cual pistoletazo de salida Perpetua espeta:

-Démela.

Al salir de allí con el preciado tesoro escondido en el fondo de su bolso, nos abalanzamos sobre el paquete de cigarrillos y sin mediar palabra fumamos con ansia. Nos dirigimos al bar más cercano para tomar algo, ambas tenemos la boca tan seca como si acabáramos de masticar cuerda.

-Tómala ahora, cuanto antes acabemos mejor. Pero no saques la caja, que la puede ver alguien, ábrela dentro del bolso.

-No me pasará nada, ¿verdad?-me pregunta nerviosa.

-Si no te ha pasado con las barbaridades que haces, no creo que te pase con esto.

-Es que no tengo arreglo-dice compungida.

-Perpetua, tienes que sentar la cabeza, que ya rozamos los cincuenta.

-Tú ya los has pasado.

Puta-pienso-si no me lo dice revienta la tía.

-Vale que desde que te plantó Suso-recalco bien lo de te plantó-necesitas encontrar el amor otra vez, pero desde luego no con las merluzas que te coges. Tienes seis hijos y tu responsabilidad es muy grande.

Los seis hijos de Perpetua tienen dos madres, ella y la santa madre Iglesia católica; y dos padres, su exmarido y el Dr. Ogino. Son seis, pero pudieron ser más, claro que en eso Dios le echó una mano y lo dejó ahí.

Le recalco también lo de los seis hijos. Estas dos puyas van por la regla que me pasa por las narices y por lo de que yo ya he pasado los cincuenta.

-Mujer, que tampoco me emborracho todos los días.

-Ya, pero sí todos los fines de semana. El amor no se encuentra en el fondo de una copa, sino en la superficie calma del agua.

Me mira sin ganas de intentar comprender lo que le he dicho, y me alegro, porque la chorrada no la entiendo ni yo. Al llegar a casa se queda un rato conmigo mientras preparo la cena, para acabar de tranquilizarse. Esta vez estoy preparada, me pongo el delantal que compré en Hale Up con el estampado de un cuerpo escultural en una exigua ropa interior, que de lejos da el pego de que soy yo misma en la noche loca que nunca he tenido. Me quedo con los tacones puestos y voy de un lado para otro de la cocina con un donaire que parece que estoy intentando la conquista de un batallón.

Entra mi hija en la cocina y nos pregunta que a dónde nos fuimos con el coche. Perpetua me mira espantada sin saber qué contestar, así que yo, muy segura de mí misma, contesto:

-¿Te pregunto yo a ti a dónde vas con tus amigas?

-Sí.

Ahí me ha pillado.

-A pollear, ¿no te fastidia? ¿A dónde crees tú? Pues al súper, que en esta casa la compra no dura nada.

-Pollear-sale de la cocina murmurando-No le basta con las palabrejas de su época que ya se las traen, sino que además sigue utilizando las de su madre. Cualquier día se nos carda el pelo.

Perpetua está que pasa de todo. Se ha quedado con la mirada fija en su tripa, como esperando que de un momento a otro explote.

-Espabila-le digo-a ver si en casa te notan algo.

-No hay peligro, no, lo único que van a notar es si está hecha la cena.

Si la dejo ir por ese camino iremos a parar al hundimiento total.

-Mañana a estas horas estarás como una rosa. Acuéstate pronto y tómate un chute, ya verás como acabaremos riéndonos de todo esto.

-¿Me estás echando ya?

Tengo suerte. Su madre la llama al móvil para reclamarla, ya se ha cansado de esperarla, y al fin se va.

La miro por la ventana mientras desaparece. ¿Cuánto tardará en venirme con otra historia? Claro que en el fondo me da vida, a ver si no cómo iba yo a disfrutar de estos líos a los cincuenta y tántos.



Mª Carmen Prada Alonso