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miércoles, 5 de diciembre de 2012

El abuelo


                         


Le cerró los ojos con su mano temblorosa y se quedó mirando fijamente aquella cara dormida ya para siempre. Agarró las inertes manos con las suyas mientras que con apagados sollozos dejaba que las lágrimas cayeran, mudas, hasta la sábana. No quería que le oyeran, no quería que se enteraran para poder estar más tiempo a solas con ella.

Aquel sufrir largo, tan largo, que había arrastrado tanto tiempo escondido en un falso ánimo, afloró de golpe inundándole de amargura. Ya no tenía que disimular, ella no le veía, no le oía. Dejó caer sus pesados párpados y quiso que su alma se fuera con ella.¿Qué iba a hacer ahora?

Los últimos meses se los había pasado luchando por apenas cinco minutos de lucidez, cinco minutos en los que ella le llamaba por su nombre y preguntaba por sus hijos, cinco minutos en los que volvía a la cordura. Después, otra vez el olvido, el impenetrable vacío, las palabras perdidas, el desvarío.

Toda su vida había transcurrido en el pueblo, fieles a aquellos muros de piedra, a los ásperos campos, a su propia vida, a su historia, a su gente. Era la tierra amada de la que nunca hubieran querido separarse.

Criaron cuatro hijos como mejor pudieron, intentando inculcarles el mismo amor que ellos sentían por todo aquello. Desde que empezaban a andar les llevaban al campo para que creciera con ellos la visión del trabajo, de la esperanza en la tierra, para que se acostumbraran al fuerte sol de la siega, al olor de la paja, al aire que llegaba de la lejana montaña.

Pero cuando los hijos crecieron sus miradas pasaron los campos y el río, el camino y las piedras; el pueblo no les bastaba, su futuro lo veían mucho más allá. Era la historia de tantos hijos que dejaban el hogar y de tantos padres que se quedaban solos en el pueblo.

Los primeros años fueron duros. Aquella soledad que se les había venido encima casi de repente, les hacía daño, pero se tenían el uno al otro y se entretenían recordando las fatigas y alegrías pasadas entre aquellas paredes.

Los hijos iban muy de tarde en tarde, casi como una obligación que debían cumplir. Con el paso de los años se desvanecía el sueño de ver la casa llena de nietos correteando, compartiendo con ellos la lumbre del invierno o los atardeceres del verano en el huerto. Solo les quedaba vivir uno junto al otro hasta que Dios dispusiera.

Y un aciago día ella desapareció. Durante horas la buscaron por todo el pueblo hasta que al fin la encontraron vagando por la carretera. Él ya había notado algunas rarezas, algunos despistes, pero lo achacaba a cosas de la edad.

Aquel día, aquel aciago día, empezó el tormento, el vía crucis, el largo camino del más intenso dolor.

Los momentos de lucidez se alternaban con los del olvido y él tuvo que hacerse maestro de los recuerdos perdidos, sembrador de infinitas palabras que la llevaran de nuevo con él. Cuando se convertía en un extraño para ella, la acariciaba una y otra vez y le hablaba al oído, suave, despacio, como queriendo volver a grabar en su perdida memoria lo que la enfermedad le borraba cruelmente.

Le dijeron que no podía seguir así, que ella necesitaba más cuidados de los que él podía darle, que ya no se enteraba de nada, y sin que pudiera evitarlo, los hijos se la llevaron a una residencia.

Se quedó solo, con los ojos hundidos, secos, fríos, con los hombros caídos por el peso del dolor y con el corazón oprimido por aquella pena que nadie compartía.

Unos días después llegaron los hijos con el ceño fruncido, y delante de él hablaron inmisericordes.

-Solo no se puede quedar, nos lo llevaremos un mes cada uno, así no será tanta carga.

Dijo adiós en silencio a la casa, a la plaza, a la iglesia en la que se habían casado, a sus recuerdos. Hablaban de llevarlo a la residencia a ver a la abuela una vez al mes, ya no se iban a molestar en llevarlo los domingos. ¡Dios santo!. Un mes sin verla.

Y lo decidió de repente.

-Llevadme con ella, no quiero andar como una maleta por vuestras casas, quiero quedarme con ella.

-¿Está usted loco? Madre ya no conoce a nadie, ¿qué va a hacer allí?

-Llevadme con ella-repitió con voz firme.

-¿Y quién va a pagarlo? Con lo de la abuela se le va toda la paga.

-Vendo la casa y las tierras; veo que vosotros solo las querríais para venderlas también, así que mejor empleo le daré yo, para ella y para mí, que bien nuestro es.

Le salió la furia, la ira que acumulaba desde que los separaran, la rebeldía contra su triste final.

Y volvió a hablarle al oído, a acariciarla, a repetir una y otra vez las historias vividas, una y otra vez, sin descanso, sin tregua. Solo importaba ella, nada más ella.

¿Qué iba a hacer ahora?

El ruido del pestillo de la puerta le volvió a la realidad. La miró por última vez y besó su frente.

Vinieron los hijos, velaron el cadáver y al día siguiente la enterraron.

No le preguntaron si quería seguir en la residencia, lo dieron por hecho para librarse de tener que atenderlo ellos.

El invierno pasaba lentamente, como había pasado su larga vida. A través de los cristales, una tarde más, veía caer la nieve que se iba amontonando en las cornisas, en los árboles, en el suelo. Era como si cada copo, blanco y pequeño, fuera un suspiro, una lágrima que nadie recogía. Apenas distinguía ya el paisaje que cada vez le parecía más borroso y lejano.

Se dirigió lentamente a la capilla y, sentado en un oscuro rincón, fijó su mirada en la lamparita que iluminaba tenuemente el sagrario.

-¡Señor! ¿Porqué han hecho esto? Eran tan pequeños, estaban tan indefensos como yo ahora. Su madre lloraba de dolor cuando los amamantaba y le dolían las grietas, noches en vela, el frío del agua helada en la que lavaba los pañales, la angustia cuando enfermaban. Habían venido tan seguidos que mientras ella daba el pecho a uno, yo limpiaba al otro y si el pan no llegaba para todos, pues para ellos. Ahora estoy enfermo, inútil, no ven en mí más que una carga. ¡Ay abuela! Siempre quise que Dios me llevara a mí primero, pero ahora me alegro de que no haya sido así para que no pasaras por este dolor tan grande. Tú al menos tuviste la suerte de que cerrara tus ojos una mano amada. ¿La de quién cerrará los míos?

Lo encontraron allí sentado, con su amarillento bastón en el suelo, con la mirada fija en aquella lamparita, con el rostro aún húmedo por las lágrimas.

Cerró sus ojos la monjita que lo encontró y, después de hacer la señal de la cruz, avisó para que la ayudaran.

Cuando llegaron los hijos el abuelo estaba preparado para la última visita. Velaron su cadáver y al día siguiente lo enterraron junto a la abuela. Su historia, como tantas otras, había terminado.



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Mª Carmen Prada Alonso