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lunes, 1 de octubre de 2012

La tía Beatriz


                                     FINALISTA CERTAMEN NARRATIVA TACI 2013     


Beatriz a Pedro le trataba de usted a pesar de ser su hermano, pero era su hermano mayor y también su padrino, y eso le infundía tanto respeto que nunca le habría salido tratarle como al resto de sus hermanos. Además, Pedro era todo un señor empresario, y aquello lo engrandecía más a sus ojos, así que hasta excelencia le hubiera llamado si se cuadrara.

Beatriz bajaba al mercado de los lunes al pueblo para hacer sus encargos, y comía en casa de su padrino. Sus sobrinos enseguida corrían a darle dos besos cuando llegaba y se quedaban a su alrededor, mirándola embobados. Era guapa, muy guapa, con su pelo negrísimo y ondulado, sus ojos color marrón claro, nariz pequeña y recta, y una dulce sonrisa que dejaba ver una dentadura blanca y perfecta.

Un día, Carmina, con curiosidad infantil, le preguntó por qué llevaba siempre el mismo vestido, tanto en verano como en invierno.

-Voy de hábito por una promesa que hice.

-¿Y que es ir de hábito?

-Pues esto que hago yo, ponerme este vestido, durante el tiempo que haya prometido. Yo lo he ofrecido por dos años.

Era un vestido marrón que le llegaba por debajo de la rodilla, ceñido en la cintura por un estrecho cinto de cuero de color negro que se ajustaba con una hebilla pequeña. Tenía media manga, y a un lado del pecho llevaba prendido un broche con la imagen de la Virgen del Carmen.

Beatriz hablaba siempre bajito y apenas se la oía entre la algarabía de sus sobrinos. A ellos les hacía mucha gracia que llamara a su hermano padrino y le tratara de usted, y ella, pacientemente, les explicaba sus razones.

Nunca se iba sin repartirles los caramelos que había comprado en el mercado, y después de darles un beso a cada uno, se despedía de ellos con un “Hasta el próximo lunes”.

A pesar de su sempiterna sonrisa, se adivinaba una nube de tristeza en sus ojos, y alguna vez habían visto lágrimas que caían casi a escondidas por sus mejillas cuando cuchicheaba con su padrino.

Cada verano iban a la fiesta del pueblo de la tía Beatriz. Cargaban el coche con una gran maleta de mimbre, en la que llevaban la comida: tortilla, empanada, pollo, chorizo, jamón, queso y las botellas de gaseosa y vino, además de una bota del especial, que era exclusivamente para el uso y disfrute del padre de familia.

Cuando llegaban, extendían dos mantas en el prado que estaba junto a la iglesia, guardándose así el sitio antes de comenzar la Misa, y luego se reunían con la tía Beatriz. Diego, su marido, nunca aparecía por allí, ni por el mercado; casi ni lo conocían. Ella decía que estaba haciendo algo en otro sitio, siempre había una excusa, pero ni siquiera comía con ellos el día grande de las fiestas.

Acabada la Misa, salía la procesión con la imagen de la patrona del pueblo. El pelo que tenía la imagen era el de Beatriz, que se lo cortó cuando pasó a moza y lo regaló a la Virgen para que le hicieran una peluca. Desde entonces, sus preciosas trenzas negras habían pasado a santas.

Al finalizar la procesión, quedaba en el aire, durante un buen rato, el olor a incienso que había esparcido el cura durante el trayecto.

Eran los recuerdos que de ella iban quedando en sus sobrinos, olores, palabras suaves, imágenes rápidas, y sobre todo sus ojos, con aquella misteriosa mirada que hasta bien mayores no llegaron a comprender.

Una mañana,sin ser lunes, Beatriz se presentó en la casa de su padrino . Enseguida su cuñada se la llevó a la habitación del matrimonio y al poco llegó Pedro, metiéndose allí con las dos mujeres. Los muchachos pensaron que algo importante debía pasar, porque sus padres solo entraban a hablar en su dormitorio cuando el asunto era grave.

A través de las paredes se oían susurros, unas veces de ella, otras de su hermano y de su cuñada, y, de vez en cuando, algún sollozo de Beatriz. Cuando salieron tenía los ojos enrojecidos. Pedro la llevaba de la mano con gesto firme y la boca apretada, y su mujer palmeaba cariñosamente su espalda en señal de consuelo y apoyo.  Después, los dos hermanos salieron de la casa y se subieron al coche que estaba aparcado frente a la puerta.

-Voy a llevarla, vuelvo enseguida.

Camino de su pueblo, por aquella polvorienta carretera, a la que aún tardaría en llegar el asfalto, Beatriz iba encogida y llorosa.

-Por favor, padrino, deje que me quede con usted, no puedo más, por favor…

Pedro le tenía cogida una mano, mientras con la otra sujetaba el volante.

-Sabes que no puede ser. ¿Quieres que te venga a buscar la guardia civil? Acabarías en el calabozo.

-No me importa. Mejor la cárcel que el infierno que tengo en casa.

-Por Dios, no digas eso, sería una gran deshonra para ti y para todos. Hablaré con él; no te preocupes, que no sucederá más.

Beatriz agachó la cabeza y no volvió a decir nada hasta que llegaron a su casa. Tenía la misma expresión de los animales que llevaban al matadero presintiendo su fin.

Subieron la escalera. Pedro empujó el pestillo de la puerta, entrando delante de su hermana, que se medio ocultaba detrás de su corpachón.

En la cama del dormitorio estaba tendido Diego, con la ropa puesta y las botas manchadas de barro, encima de la blanca colcha de ganchillo.

Pedro entró de golpe, sin miramientos, y agarrándolo por la camisa, lo levantó de un fuerte tirón. Él era grande y fuerte y su cuñado un poco más bajo y delgado, por lo que no le costó mucho esfuerzo ponerlo de pie frente a él, sin soltar su camisa, y casi pegado a su cuerpo.

-Si vuelves a ponerle la mano encima-le dijo rabioso-yo voy a la cárcel, pero a ti te mato, canalla.

Diego estaba espantado, con los ojos muy abiertos, y el susto del brusco despertar reflejado en su cara.

-¿Me has oído, animal?-le gritó Pedro.

-No quería-balbuceó Diego-, perdóname, estaba borracho, no sabía lo que hacía, por Dios, cálmate, tú sabes que la quiero, lo siento, perdón, perdón…

Le salían las palabras a borbotones, enredadas, mientras dejaba un pestilente olor a alcohol y a tabaco.

-Pues no bebas. Y no lo olvides, vuelve a tocarla y te mato.

Y de un empujón lo soltó y lo tiró sobre la cama

Antes de desaparecer, se volvió desde la puerta y le gritó:

-¡Te mato!

Beatriz había permanecido escondida detrás del tabique de la habitación. Nunca había visto así a su padrino, congestionado por la ira, y estaba asustada.

-Verás como no vuelve a pegarte, no te preocupes. Pero no escapes de casa, porque si te denuncia, la que vas a perder eres tú. Éste no es de los que sacan cuchillo, así que tú no puedes denunciarle.

Beatriz asintió con la cabeza. Su padrino sabía más que ella, así que le haría caso. Había dejado las cosas en su sitio y Diego le tenía miedo. A lo mejor no volvía a pegarle.

Después de la amenaza de Pedro, Diego no tardó en volver a las andadas. Cuando bebía se le olvidaba todo, hasta el miedo, y al llegar a casa borracho, arremetía contra la pobre mujer, que lo mejor que podía hacer era salir corriendo después de los primeros golpes, y esconderse hasta que se le pasara la borrachera.

Cada lunes, cuando iba a casa de su padrino, éste le preguntaba:

-¿Cómo va todo?

-Bien, bien, aguantándole, pero bien.

-¿Te ha vuelto a pegar?

-No, no-se apresuraba a decir ella- Ahora, cuando bebe, da patadas a todo lo que pilla, pero yo escapo, y no me va detrás como antes.

-Maldito borracho, así reventara ya de una vez en una de esas.

Beatriz le mentía porque creía que su padrino podía llegar a matar a Diego si se enteraba de que la seguía pegando, y entonces se lo llevarían a la cárcel, y desgraciaría su vida y la de su familia. Así que decidió que nunca volvería a decirle lo que realmente pasaba.

Un buen día Diego enfermó; se le iban yendo las fuerzas poco a poco, y cuando fueron al médico, lo mandó al hospital para que le hicieran unas pruebas. El resultado fue cáncer de pulmón, ya muy avanzado, con lo que poco o nada se podía hacer por él.

Beatriz no se alegró ni se entristeció. Solo dejó de recibir golpes, y desde que Diego tuvo que permanecer acostado, ella le atendía, le cambiaba la bombona de oxígeno cuando hacía falta, siempre estaba a su vera, de día y de noche; era buena cristiana y cumplidora fiel de sus obligaciones, y así se mantuvo hasta el final. De la boca de aquel demonio no salió una palabra de arrepentimiento, nunca le pidió perdón ni ella lo esperó tampoco. De la de Beatriz tampoco salió ningún reproche, ni siquiera le tenía odio.  Simplemente le daba igual.

Muchos años después Beatriz oiría hablar de la igualdad de las mujeres, de sus derechos, de las leyes que las protegían. Pero para entonces a ella ya no le servían. Solo le consoló pensar que si hubiera tenido alguna hija y hubiera dado con un mal hombre, no habría padecido lo que ella.

¿O sí?



                                             FIN



Mª Carmen Prada Alonso