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viernes, 28 de septiembre de 2012

La vil calumnia


Teniendo yo por bien a una persona, dijéronme de ella felonía tal, que hubiera trocado en mueca la sonrisa con que le agasajaba si no fuera porque, conociendo yo la envidia y la maldad de algunas lenguas, conseguí que mi buen juicio hiciera caso omiso a la calumnia.
No obstante, siempre quedome la duda de si aquélla pudiera tener algo de cierto o no, pues la naturaleza humana está sujeta al ir y venir de las vacilaciones, y las malas palabras dejan siempre sombras que oscurecen las mejores intenciones.
Y di en pensar qué triste y cierto es que las gentes no son lo que son, sino lo que de ellas hacen los juicios de los demás, y no es menester ser docto en las ciencias del entendimiento para comprender tal sentencia.
Pero aun reflexioné más y vi que no era eso lo peor, pues aún dentro de tal mal, queda siempre la opción de que no nos importe lo que los demás digan, y hacer lo que nos venga en gana. Lo peor es que, si mal parece pagar las culpas que cometemos, el pagar por lo que no se hizo desgarra las carnes más duras.
Esas personas, por darles algún nombre, que se dedican a sangrar al prójimo con el cuchillo de la calumnia, poniendo en entredicho la vida, el ser y el futuro del chivo expiatorio que eligen como blanco de sus maldades, hubieran de sufrir castigo tal, que los sumiera en los más hondos pesares.
El sufrimiento que produce el saber que una venenosa lengua ha lamido el buen decir de cualquiera, se escapa a toda medida, pues la persona calumniada queda a la deriva en ese mar de confusión que crece en torno a ella.
Dime cuenta con tal reflexión, que aún es mal mayor que apenas demos importancia a pecado tan grande, dejándolo en enredos y cotilleo de comadres.
Y aunque piensen muchos que el mal barro no ensucia las buenas botas, es más cierto que ignorando ese barro, más nos encharcamos, y si encontramos atajo limpio, en cualquier momento puede echarse a llover y vernos los pies mojados, que en este cuitado mundo parece que los males nos inundan a todos.
Dicen los sabios que perdón muestra nobleza, pero si nobleza obliga, el pecado de la calumnia, de puro innoble, jamás debiera tener perdón, y de buena justicia fuera que los venenos que sueltan las sucias lenguas se volvieran palos contra sus costillas.
Quédame después de tan tristes pensares, la esperanza de que todavía haya suficiente conocimiento para que el desprecio a los calumniadores venza a la propia calumnia y borre la mezquindad de aquellos a los que la Naturaleza debió negarles el sagrado don de la palabra.



Mª Carmen Prada Alonso