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miércoles, 26 de septiembre de 2012

Diez meses de soledad


Certamen literario de relatos
"Carmen Martín Gaite"
Villa de Lumbrales
Tema:"La mujer rural"
AÑO: 2009 - 2º PREMIO.





Diez meses de soledad




Caía la tarde y empezaba a suavizar el calor de Agosto; delante de la puerta de la casa estaba el coche cargado con las maletas y, a su lado, Teresa esperaba a que Carlos terminara de colocar todo. Sus vacaciones habían terminado y se iba, y con su marcha acabaría todo, estaba segura.

-Bueno, ya está-dijo Carlos mientras cerraba el maletero-.Lo he pasado muy bien, eres maravillosa y todo esto es precioso, han sido unas de las mejores vacaciones que he tenido.

La cogió por los hombros, le acarició la cara y dejó en ella un último beso.

-Estaremos en contacto, ¿vale?-fue su despedida.

Teresa sonrió; claro que estarían en contacto, justo hasta que pasaran unos días, como mucho unas semanas. Era lo de siempre, el típico amor de verano en el que todo era maravilloso mientras duraba, y duraba eso, el verano.

Cuando vio desaparecer el coche, se giró y entró en la casa. Era una preciosa casa rural con cuatro habitaciones en un pueblo de la sierra al que acudían visitantes llamados por el encanto del paisaje, las costumbres y los alojamientos típicos de la zona.

Era su tierra, su pueblo, su vida; había nacido allí, como sus padres, sus abuelos y las generaciones anteriores. Se había criado sin echar nada de menos, disfrutando de sus compañeros de juegos, mucho espacio, los baños en el río durante el verano, la escuela en invierno, una infancia feliz, lejos del ruido y los peligros de la ciudad.

Estudió lo justo hasta que "dejó de gustarle"; era joven, inconsciente y, por supuesto, nada calculadora de un futuro que veía muy lejano, así que cuando terminó los estudios básicos, decidió que no quería seguir. Tampoco sus padres insistieron mucho en que lo hiciera, después de todo, podía tener la vida asegurada en el pueblo; años antes se habían gastado sus ahorros en preparar la antigua casa de los abuelos para su explotación, en lo que se había denominado el boom del turismo rural y con la ayuda de una pequeña subvención, consiguieron que aquella casa se convirtiera en uno de los alojamientos de referencia de la zona.

Así que, después de todo, les venía bien que su hija se quedara allí y les ayudara con aquello que, a buen seguro, les proporcionaría buenos ingresos. Y en principio, a ella también le pareció una excelente idea.

Con veintidós años, Teresa se convirtió en una mujer más del llamado medio rural, pero del grupo de las afortunadas, o así se lo hacían ver, porque ni tenía que doblar el lomo sobre las tierras, ni sacudir varales bajo los cielos.

Nadie, ni siquiera ella, pensó que además de tener solventada su economía, había otros muchos aspectos de su vida, con otro tipo de necesidades tan fundamentales para vivir como el propio pan.

Comenzó a sentirse sola, muy sola; los jóvenes se habían ido del pueblo, unos sacando estudios y otros colocados en la ciudad en trabajos que apenas les daba para malvivir, pero según decían, antes cualquier cosa que quedarse en el pueblo.

Añadía a todo la dificultad de las comunicaciones, que todavía seguían sufriendo, ya que no era un pueblo cercano a la ciudad, de esos en los que se va y viene en menosde media hora, no; ella tenía un autobús de línea una vez al día y una distancia de no menos de una hora para poder disfrutar de algo. Y el coche familiar era para todos, no

se podía tener uno para cada uno, así que su libertad de movimientos dependía de que coincidieran para ir al mismo sitio.

Y aún su madre, cuando Teresa se quejaba le decía:

-Tenías que haber vivido como yo, a la labor desde muy temprano, luego venir a la casa a preparar la comida, después los animales, que también había que atenderlos, y sin ninguna de las comodidades que tenéis ahora, lavadora, nevera, televisión, hija, no sé de que te quejas.

Puestos a pedir, le hubiera gustado tener internet, era una forma de comunicarse con el mundo, de hacer amigos, de asomarse más allá de lo que podía ver desde su ventana, pero la línea todavía no había llegado. En muchos pueblos, en demasiados, seguía el aislamiento, la incomunicación, la terrible soledad.

Se encontraba atada de pies y manos y veía que su futuro era tan gris que hasta le daba pena de ella misma. Aquello tan rural, tan hermoso, tan apacible, era su jaula, pero, ¿a dónde ir?.

Cierto que en el verano aquello cambiaba, el pueblo se animaba con los turistas, la vida estallaba de pronto, y aunque tuviera más trabajo, al menos aquel bullicio la envolvía y se hacía todo más llevadero; sus amigas de siempre volvían a pasar allí partede las vacaciones y ella misma podía escaparse unos días como merecido premio a su labor. Pero luego todo volvía a quedarse en silencio, vacío, a la espera de que los fines de semana volvieran los amantes del aire puro y la naturaleza y ocuparan las habitaciones de la casa, intentar tener algo de conversación con ellos y volver a limpiar para los próximos.

Después, el invierno, con sus largas noches y la mirada perdida en el horizonte, a la espera de que llegara el verano, dos meses, julio y agosto, dos nada más. Y después, diez meses de soledad.

Un gesto de rabia se dibujó en su cara; amaba lo que tenía, amaba su tierra y no quería renunciar a todo aquello, pero tampoco quería que su vida se redujera a la pobre resignación de aceptar lo que le viniera por no poder hacer otra cosa. Era joven, tenía sueños y solo debía luchar para conseguirlos, pero conseguirlos allí, donde estaba todo lo que amaba. No podía quedarse quieta esperando a que aquello cambiara, tenía que cambiarlo ella, o al menos intentarlo.

Su cabeza se llenó de planes, de proyectos, buscaría gente que, como ella, deseara una vida mejor en su tierra, sin tener que irse como los demás. Sus sueños merecían el esfuerzo, y ella se merecía sus sueños.

Y tenía por delante diez meses, diez meses de esperanza.




Mª Carmen Prada Alonso