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miércoles, 5 de diciembre de 2012

El abuelo


                         


Le cerró los ojos con su mano temblorosa y se quedó mirando fijamente aquella cara dormida ya para siempre. Agarró las inertes manos con las suyas mientras que con apagados sollozos dejaba que las lágrimas cayeran, mudas, hasta la sábana. No quería que le oyeran, no quería que se enteraran para poder estar más tiempo a solas con ella.

Aquel sufrir largo, tan largo, que había arrastrado tanto tiempo escondido en un falso ánimo, afloró de golpe inundándole de amargura. Ya no tenía que disimular, ella no le veía, no le oía. Dejó caer sus pesados párpados y quiso que su alma se fuera con ella.¿Qué iba a hacer ahora?

Los últimos meses se los había pasado luchando por apenas cinco minutos de lucidez, cinco minutos en los que ella le llamaba por su nombre y preguntaba por sus hijos, cinco minutos en los que volvía a la cordura. Después, otra vez el olvido, el impenetrable vacío, las palabras perdidas, el desvarío.

Toda su vida había transcurrido en el pueblo, fieles a aquellos muros de piedra, a los ásperos campos, a su propia vida, a su historia, a su gente. Era la tierra amada de la que nunca hubieran querido separarse.

Criaron cuatro hijos como mejor pudieron, intentando inculcarles el mismo amor que ellos sentían por todo aquello. Desde que empezaban a andar les llevaban al campo para que creciera con ellos la visión del trabajo, de la esperanza en la tierra, para que se acostumbraran al fuerte sol de la siega, al olor de la paja, al aire que llegaba de la lejana montaña.

Pero cuando los hijos crecieron sus miradas pasaron los campos y el río, el camino y las piedras; el pueblo no les bastaba, su futuro lo veían mucho más allá. Era la historia de tantos hijos que dejaban el hogar y de tantos padres que se quedaban solos en el pueblo.

Los primeros años fueron duros. Aquella soledad que se les había venido encima casi de repente, les hacía daño, pero se tenían el uno al otro y se entretenían recordando las fatigas y alegrías pasadas entre aquellas paredes.

Los hijos iban muy de tarde en tarde, casi como una obligación que debían cumplir. Con el paso de los años se desvanecía el sueño de ver la casa llena de nietos correteando, compartiendo con ellos la lumbre del invierno o los atardeceres del verano en el huerto. Solo les quedaba vivir uno junto al otro hasta que Dios dispusiera.

Y un aciago día ella desapareció. Durante horas la buscaron por todo el pueblo hasta que al fin la encontraron vagando por la carretera. Él ya había notado algunas rarezas, algunos despistes, pero lo achacaba a cosas de la edad.

Aquel día, aquel aciago día, empezó el tormento, el vía crucis, el largo camino del más intenso dolor.

Los momentos de lucidez se alternaban con los del olvido y él tuvo que hacerse maestro de los recuerdos perdidos, sembrador de infinitas palabras que la llevaran de nuevo con él. Cuando se convertía en un extraño para ella, la acariciaba una y otra vez y le hablaba al oído, suave, despacio, como queriendo volver a grabar en su perdida memoria lo que la enfermedad le borraba cruelmente.

Le dijeron que no podía seguir así, que ella necesitaba más cuidados de los que él podía darle, que ya no se enteraba de nada, y sin que pudiera evitarlo, los hijos se la llevaron a una residencia.

Se quedó solo, con los ojos hundidos, secos, fríos, con los hombros caídos por el peso del dolor y con el corazón oprimido por aquella pena que nadie compartía.

Unos días después llegaron los hijos con el ceño fruncido, y delante de él hablaron inmisericordes.

-Solo no se puede quedar, nos lo llevaremos un mes cada uno, así no será tanta carga.

Dijo adiós en silencio a la casa, a la plaza, a la iglesia en la que se habían casado, a sus recuerdos. Hablaban de llevarlo a la residencia a ver a la abuela una vez al mes, ya no se iban a molestar en llevarlo los domingos. ¡Dios santo!. Un mes sin verla.

Y lo decidió de repente.

-Llevadme con ella, no quiero andar como una maleta por vuestras casas, quiero quedarme con ella.

-¿Está usted loco? Madre ya no conoce a nadie, ¿qué va a hacer allí?

-Llevadme con ella-repitió con voz firme.

-¿Y quién va a pagarlo? Con lo de la abuela se le va toda la paga.

-Vendo la casa y las tierras; veo que vosotros solo las querríais para venderlas también, así que mejor empleo le daré yo, para ella y para mí, que bien nuestro es.

Le salió la furia, la ira que acumulaba desde que los separaran, la rebeldía contra su triste final.

Y volvió a hablarle al oído, a acariciarla, a repetir una y otra vez las historias vividas, una y otra vez, sin descanso, sin tregua. Solo importaba ella, nada más ella.

¿Qué iba a hacer ahora?

El ruido del pestillo de la puerta le volvió a la realidad. La miró por última vez y besó su frente.

Vinieron los hijos, velaron el cadáver y al día siguiente la enterraron.

No le preguntaron si quería seguir en la residencia, lo dieron por hecho para librarse de tener que atenderlo ellos.

El invierno pasaba lentamente, como había pasado su larga vida. A través de los cristales, una tarde más, veía caer la nieve que se iba amontonando en las cornisas, en los árboles, en el suelo. Era como si cada copo, blanco y pequeño, fuera un suspiro, una lágrima que nadie recogía. Apenas distinguía ya el paisaje que cada vez le parecía más borroso y lejano.

Se dirigió lentamente a la capilla y, sentado en un oscuro rincón, fijó su mirada en la lamparita que iluminaba tenuemente el sagrario.

-¡Señor! ¿Porqué han hecho esto? Eran tan pequeños, estaban tan indefensos como yo ahora. Su madre lloraba de dolor cuando los amamantaba y le dolían las grietas, noches en vela, el frío del agua helada en la que lavaba los pañales, la angustia cuando enfermaban. Habían venido tan seguidos que mientras ella daba el pecho a uno, yo limpiaba al otro y si el pan no llegaba para todos, pues para ellos. Ahora estoy enfermo, inútil, no ven en mí más que una carga. ¡Ay abuela! Siempre quise que Dios me llevara a mí primero, pero ahora me alegro de que no haya sido así para que no pasaras por este dolor tan grande. Tú al menos tuviste la suerte de que cerrara tus ojos una mano amada. ¿La de quién cerrará los míos?

Lo encontraron allí sentado, con su amarillento bastón en el suelo, con la mirada fija en aquella lamparita, con el rostro aún húmedo por las lágrimas.

Cerró sus ojos la monjita que lo encontró y, después de hacer la señal de la cruz, avisó para que la ayudaran.

Cuando llegaron los hijos el abuelo estaba preparado para la última visita. Velaron su cadáver y al día siguiente lo enterraron junto a la abuela. Su historia, como tantas otras, había terminado.



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Mª Carmen Prada Alonso

sábado, 24 de noviembre de 2012

Perpetua


PERPETUA NO TIENE ARREGLO


Suena el móvil y en la pantalla aparece el nombre de mi amiga Perpetua. Hora rara para que me llame, algo ocurre.

Su voz nerviosa me confirma que sí ha ocurrido algo.

-Está claro que no puedo salir de noche y agarrarme estos pedos. Debí coger un taxi. Menudo problema, tienes que ayudarme.

Mi deducción fue rápida.

-Te han pillado en un control de alcoholemia.

-No, no, mucho peor.

-Te has dado un golpe.

-No, ni siquiera llevé el coche.

-Bueno, suéltalo ya.

-Por teléfono no; iré a verte. ¿Estás en casa?

-Sí, pero no me dejes con la intriga, por lo menos dime el título.

-No; está aquí Jesús, no puedo hablar. Voy a verte ahora.

Jesús es uno de sus hijos.

Tendré que escucharla mientras hago la comida, es tarde y no puedo hacer ni un paréntesis. Lo más que puede pasar, como ya me ha ocurrido, es que a la comida le eche sal dos veces, o ninguna, o que tire a la basura el filete limpio y a la sartén los bordes de grasa recortados. Pero Perpetua me necesita, parece angustiada, tengo que atenderla.

La perra ladra y una de mis hijas pulula por mi espacio. Tengo que deshacerme de las dos. La perra al jardín y a mi hija la mando a recoger su habitación, que seguro que todavía la tiene sin hacer.

No entiendo cómo esta mujer, que no hace más gimnasia que la de doblarse para hacer las labores domésticas, puede haber cogido semejante velocidad para llegar a casa en un santiamén. Me pesca con las albóndigas, embadurnada de harina hasta los codos y con el mandil de plástico rojo que compré en un chino. Me fastidia, porque si me hubiera dejado cinco minutitos, me hubiera puesto un poco menos deprimente, que nunca se sabe hasta dónde es capaz de llegar una amiga cuando cotillea con otras, y seguro que no se va a privar de contar las pintas con las que me ha pillado.

Desde la ventana le digo que entre; la llave de la verja está puesta por dentro y la de la casa por fuera. Mi marido dice que cualquier día nos entra algún atracador, pero para eso tenemos a Cusca, que ladra hasta cuando pasan las hormigas. A ver quién aguanta estar continuamente abriendo y cerrando la puerta en una casa que parece la de Bernarda Alba.

Perpetua se sienta con la cara desencajada y busca afanosamente el paquete de tabaco en su bolso. Nuestros bolsos son kits de supervivencia y para encontrar algo, primero buceamos con una mano, luego con las dos y finalmente acabamos dándole la vuelta y desparramando todo su extraño contenido sobre la primera superficie que tenemos a mano.

-¿Tienes agua fría?-me pregunta mientras enciende el pitillo con manos temblorosas.

-¿Agua? ¿No quieres una cerveza?

-¿Con el resacón que tengo? Ni hablar.

Cierro la puerta y le coloco el cenicero en la ventana. 
-Venga, que me tienes en ascuas, ¿qué te pasa?

Se echa a llorar. Bueno, ahora sí que me preocupa. Miro el reloj; la una y cuarto. Puedo parar quince minutos, ni uno más, para seguir con la comida. Me lavo las manos precipitadamente en el fregadero y me seco con el paño. Cojo yo también un cigarro y me voy a la ventana con ella. Con medio cuerpo fuera las dos, no es la postura más cómoda ni relajante para contar un problema, pero no puedo hacer otra cosa; en el porche pega un sol de justicia y en la parte de la piscina está la ventana de la habitación de mi hija, seguro que nos oiría la conversación.

¡Cualquiera que nos vea! Parecemos dos cacatúas colgadas del alfeizar echando humo desaforadamente.

-Empieza ya de una vez, coño, que no arrancas.

-Pues que la lié. Conocí a un chico, venga copas, venga risas y al final nos fuimos en su coche, y acabamos, ya sabes, acabamos. Lo peor es que no usamos protección y yo estoy en plenos días fértiles, es que estoy loca, no vuelvo a beber en la vida, a ver qué hago ahora, encima por una estupidez, si es que…

Días fértiles ¡Dios mío! A estas alturas debíamos estar hablando de pérdidas de orina, que nos va más de acuerdo con nuestra edad, pero no, tenía que llegar Perpetua y restregarme por las narices sus incombustibles días fértiles. ¿Pero cuando le va a llegar a ésta la menopausia?  Alguna vez le ha pedido a mi hija un tampón porque le había venido la regla, precisamente estando en mi casa, y yo he llegado a pensar que ni regla ni nada, que lo hace para que me crea que aún la tiene. ¿Y si fuera un farol? No, soy una malpensada, Perpetua no me haría eso.

Del fondo del abismo de mis pensamientos retorna su voz, que no ha parado mientras yo elucubraba.

-¿Qué hago,qué hago?

-Pues la píldora del día después, hija, no queda otra.

-¡Ay, Dios mío! ¿Eso es legal?

Con lo de legal nosotras no nos referimos a la ley humana, sino a la divina.

-Que sí, mujer.(Sé que no, pero ella también).

A mí esta mujer me pasma, es como si yo tuviera que convencerla, claro, así si luego le remuerde la conciencia me echa la culpa a mí y tan  gusto que se queda.

-Sola no voy a comprar “eso”, ¿me acompañas?

-Deberíamos ir a tu ginecólogo y consultárselo, lo mismo “eso” tiene alguna contraindicación o reacción, mejor que él te la recete.

-Ni loca, tía, que me conoce y va a pensar de mí cualquier cosa.

-Perpetua, los médicos no piensan.

-Ya, menuda vergüenza cuando lo vea por ahí. Ni hablar.

Pienso que la vergüenza la tenía que haber tenido antes, pero me callo.

-Pues vamos a una farmacia, pero a ver a cual, que nos pueden conocer.

-En el pueblo, la de detrás de la iglesia, que allí no he ido nunca.

Me lo temía, la cazuela se ha quedado sin caldo y se han pegado los guisantes de la guarnición. Rescato lo que puedo y mando a Perpetua a su casa; iremos por la tarde a comprar “eso”.

A mí, Perpetua me descoloca mucho. Por un lado la entiendo, ¡pobre! Eso de que de la noche a la mañana el marido te plante con seis cabezones porque se ha enamorado de otra veinte años más joven, es para morirse. Y así se quedó, muerta. Se hundió, tuvo que ir al psiquiatra y al final con el Alprazolan lo fue llevando. (Yo también voy tirando con el Alprazolan, pero dosis menores que ella, y por causa contraria: mi marido no se va ni con fufú).

La conozco desde que éramos muy jóvenes, pero entonces solo la conocía de vista. Y tan de vista; ella pertenecía a ese grupo del que nuestras madres nos querían ver lo más lejos posible. No había guateque en el que no estuviera, ni festejo en el que no brillaran sus largas y minifalderas piernas, vamos, lo que se dice muy vista. De estudiar, nada, claro, no aprobaba ni una, todo fiesta. Y así le fue. Yo no me divertí tanto, pero tampoco me hizo falta, estudié mi carrera, dos novios y al segundo al altar, como Dios manda, o al menos como mandaba en aquella época. No volví a verla hasta que después de muchos años acabamos viviendo en verano en la misma urbanización. Se había casado de penalti, como no podía ser de otra manera, luego le empezaron a llegar hijos y acabó dependiendo del dinero del marido, tragando con todo lo que él hacía, (y hacía mucho), porque a ver donde iba con la prole y sin un mal oficio.

En fin, que al final con ansiedad, con la cabeza llena de los pájaros que nunca se ausentaron del nido de su melena teñida, y añorando locamente sus particulares noches de ron y claveles.

Y un mal día el marido le dijo a lo bruto que estaba con otra. En eso de la sinceridad no se quedó corto; claro que ya llevaba con la otra un año, hasta que la otra le dijo, como hacen todas las otras, que ella o su mujer. Y dejó a Perpetua.

Nos hicimos muy amigas, me contó sus cuitas y desde el primer momento le dejé mi hombro. La verdad es que aún con la pena que me dio, me hizo sentir triunfadora, después de todo mi madre tenía razón, hay que llevar una vida ordenada para acabar bien. Y yo había acabado bien, una familia, un marido decente que me quería y un trabajo que durante veintitrés años me había servido para sentirme completa. Después a la empresa le pilló la crisis y al paro, bendito paro. A partir de entonces empecé a vivir como una maruja, con sus ventajas y sus inconvenientes, pero feliz. Bueno, feliz y aburrida, eso sí, que después de tantos años empecé a echar de menos las salidas y las fiestas. Así que cuando intimé con Perpetua, las dos vimos el cielo abierto. Y es que a nuestras edades no es fácil encontrar amigas que puedan salir de verbena. O ya no tienen espelde o, por supuesto, los maridos no las dejan salir sin ellos. A mí también me hacía falta airearme, que con este buen hombre que Dios me dio, la última salida fue al guateque que organizó nuestro amigo Evaristo en un reverdecer que tuvo.

Salimos algunas noches, espaciadas, eso sí, para que mi santo no se cabreara mucho. ¡Ay que bien me supieron aquellos tres cubalibres con los que me di el homenaje! El problema es que tengo mal beber, la falta de costumbre, creo, y al despertar me explotaba la cabeza. Pero Perpetua insistió, anda, venga, tómate otro, mujer, y cayeron los tres. A la siguiente salida le dije que no insistiera, que yo agüita y punto. Claro, a la hora yo estaba aburrida como una mona en el zoo, y ella de risas con todo el mundo. Era como si se estuviera redescubriendo, más bien se metía en una regresión en la que se veía joven, libre, loca. Solo le faltaban las plataformas y el pantalón campana.

Al final me di cuenta de que no podía seguir su ritmo nocturno y se va apañando sin mí, olvidando sus pesares cotidianos, su soledad camera. Eso sí, de día inseparables.

Coloco los cacharros en el lavavajillas y termino de recoger la cocina. Me acuesto los veinte minutos de siesta y veo el principio del cotilleo de la tarde. Andrés ya se ha ido a trabajar, mis hijos no sé donde andan, saboreo mi ratito de soledad y de no tener nada que hacer hasta la hora de la cena. Me doy unos retoques y llamo a Perpetua. A las seis en punto nos ponemos en marcha. Llevamos una cara de idiotas que se nos nota a distancia. Apenas hablamos por el camino, son diez minutos los que se tarda en llegar, diez minutos que en otras circunstancias nos hubieran llegado para diez mil cotilleos, pero ahora vamos mudas. Buscamos aparcamiento y nos dirigimos a la farmacia.

Aquella puerta con la cruz de luz verde intermitente encima, nos parece una gran muralla que tenemos que conquistar. Cuchicheamos en voz baja cómo vamos a hacerlo. Hay una señora dentro comprando y esperamos a que salga. La farmacéutica, desde el interior, nos está viendo, seguro. Sale la clienta y entramos; no sé porqué nuestros pasos son cortos y lentos, como si nuestros tacones se fueran clavando en el suelo. Después de recorrer aquel trayecto eterno, nos plantamos delante del mostrador y Perpetua dice de golpe:

-La píldora del día después.

Ni un gesto por parte de la farmacéutica que, como una autómata, se dirige a un cajón, lo abre, escarba un poco y, ¡zas!, aparece en su mano una cajita.

Perpetua y yo miramos fijamente “aquello” y nos quedamos mudas, sin atrevernos a levantar los ojos. El lento tictac del reloj que hay en la pared resuena en nuestros oídos como cañonazos. Me lanzo. Hay que terminar de una vez.

-¿Y esto cómo va? Vamos, que cuándo hay que tomarla y si tiene algún efecto secundario o contraindicación.

La puñetera sigue siendo autómata hasta para contestar.

-Hay que tomarla antes de las setenta y dos horas, mejor dentro de las veinticuatro horas siguientes al…

-Ya, ya -le corto.

Silencio masticable. Perpetua me mira, yo la miro.

-¿Cuánto cuesta?-dice con un hilo de voz.

-Dieciocho euros.

Autómata total.

-¿Puedo ver el prospecto?

La estatua lo  saca de la cajita y se lo da. Perpetua lo coge como lo haría un hambriento con un trozo de pan, se pega a mí y nos ponemos a leerlo con mirada ávida.  Parece un libro de texto, ¿cómo leerlo todo? Entra un cliente y nos apartamos del mostrador sin despegar de nuestros ojos el atiborrado papelón. Nos miramos, respiramos hondo y cual pistoletazo de salida Perpetua espeta:

-Démela.

Al salir de allí con el preciado tesoro escondido en el fondo de su bolso, nos abalanzamos sobre el paquete de cigarrillos y sin mediar palabra fumamos con ansia. Nos dirigimos al bar más cercano para tomar algo, ambas tenemos la boca tan seca como si acabáramos de masticar cuerda.

-Tómala ahora, cuanto antes acabemos mejor. Pero no saques la caja, que la puede ver alguien, ábrela dentro del bolso.

-No me pasará nada, ¿verdad?-me pregunta nerviosa.

-Si no te ha pasado con las barbaridades que haces, no creo que te pase con esto.

-Es que no tengo arreglo-dice compungida.

-Perpetua, tienes que sentar la cabeza, que ya rozamos los cincuenta.

-Tú ya los has pasado.

Puta-pienso-si no me lo dice revienta la tía.

-Vale que desde que te plantó Suso -recalco bien lo de te plantó- necesitas encontrar el amor otra vez, pero desde luego no con las merluzas que te coges. Tienes seis hijos y tu responsabilidad es muy grande.

Los seis hijos de Perpetua tienen dos madres, ella y la santa madre Iglesia católica; y dos padres, su exmarido y el Dr. Ogino. Son seis, pero pudieron ser más, claro que en eso Dios le echó una mano y lo dejó ahí.

Le recalco también lo de los seis hijos. Estas dos puyas van por la regla que me pasa por las narices y por lo de que yo ya he pasado los cincuenta.

-Mujer, que tampoco me emborracho todos los días.

-Ya, pero sí todos los fines de semana. El amor no se encuentra en el fondo de una copa, sino en la superficie calma del agua.

Me mira sin ganas de intentar comprender lo que le he dicho, y me alegro, porque la chorrada no la entiendo ni yo. Al llegar a casa se queda un rato conmigo mientras preparo la cena, para acabar de tranquilizarse. Esta vez estoy preparada, me pongo el delantal que compré en Hale Up con el estampado de un cuerpo escultural en una exigua ropa interior, que de lejos da el pego de que soy yo misma en la noche loca que nunca he tenido. Me quedo con los tacones puestos y voy de un lado para otro de la cocina con un donaire que parece que estoy intentando la conquista de un batallón.

Entra mi hija en la cocina y nos pregunta que a dónde nos fuimos con el coche. Perpetua me mira espantada sin saber qué contestar, así que yo, muy segura de mí misma, contesto:

-¿Te pregunto yo a ti a dónde vas con tus amigas?

-Sí.

Ahí me ha pillado.

-A pollear, ¿no te fastidia? ¿A dónde crees tú? Pues al súper, que en esta casa la compra no dura nada.

-Pollear-sale de la cocina murmurando-No le basta con las palabrejas de su época, que ya se las traen, sino que además sigue utilizando las de su madre. Cualquier día se nos carda el pelo.

Perpetua está que pasa de todo. Se ha quedado con la mirada fija en su tripa, como esperando que de un momento a otro explote.

-Espabila-le digo-a ver si en casa te notan algo.

-No hay peligro, no, lo único que van a notar es si está hecha la cena.

Si la dejo ir por ese camino iremos a parar al hundimiento total.

-Mañana a estas horas estarás como una rosa. Acuéstate pronto y tómate un chute, ya verás como acabaremos riéndonos de todo esto.

-¿Me estás echando ya?

Tengo suerte. Su madre la llama al móvil para reclamarla, ya se ha cansado de esperarla, y al fin se va.

La miro por la ventana mientras desaparece. ¿Cuánto tardará en venirme con otra historia? Claro que en el fondo me da vida, a ver si no cómo iba yo a disfrutar de estos líos a los cincuenta y tántos.




Mª Carmen Prada Alonso

domingo, 28 de octubre de 2012

EL RÍO DE LA POESÍA





CERTÁMEN XIV - AÑO 2012 LETRAS DE BAÑOS


Tercer Premio VERSO








 Trepidante nacer, suave rugido de la vida,

cabalgas en las blancas púas de la espuma

y en rizada melena de palabras vas mecida,

envuelta, ora en la luz, ora en la bruma.



Libre esclava del eterno acontecer,

sumisa, doblegada o envuelta en ira,

metida en las mil dudas del ser o del no ser,

sublime ansia que en el vacío suspira








Te desbordas, sin orillas, por cauces no elegidos,

empapada de los ímpetus que en ti afloran,

avanzando imparable, rompiendo los olvidos,

rasgando la blancura de las almas que en ti moran.



Lanzas al aire sedosos hilos de madejas

que recogen en sus redes suspiros de mil vientos,

convirtiendo, unos en risas, otros en quejas,

arrastrando en tu correr alegrías y lamentos.



De tus eternas aguas surgen campos de poetas,

con torrentes y cascadas sus plumas agitas,

llenas a cada uno con tus esencias secretas,

y sublime, los encierras en tus simas infinitas.



Mis tierras secas en tus aguas florecieron,

mil tristezas en ti su lamento ahogaron,

en tu curso mil historias se escribieron,

mil caminos las auroras en ti hallaron.



Te llenas a veces de un vago ostracismo,

otras te enredas cual puntilla de enagua,

que tu río, ¡poesía!, es siempre el mismo,

mas nunca, ¡poesía!, es la misma tu agua.



Mª Carmen Prada Alonso






miércoles, 10 de octubre de 2012

EL INFANTIL GRITO



EL INFANTIL GRITO
Noche, amiga, encubridora, telón para muchos de sus suertes o sus males, pero siempre, telón donde agarrarse. Solo unos pocos, unos nadie, te miramos de reojo, sin la pluma, sin el sueño, sin mirarte. Somos esos nadie que en nadie nos volvemos cuando llegas, ésos que, al acercarte, caemos como lienzos de fantasmas.

Nos desnudas y te sientas a mirarnos, implacable, fría, madrastra horrible de cuento que no acaba. Entonces, palpitantes de ese miedo, tu mirada se nos mete como helado cuchillo en la piel, y la angustia, el terror, la impotencia, aprietan como cercos de fuego nuestra débil garganta, ahogando con crueldad el infantil grito, el grito del miedo.

Y en ese instante, vemos las locuras que llenan nuestra vida, nuestra pálida tez enrojece y nuestros ojos, al cerrarse, intentan cerrar con ellos nuestras culpas. Luego juramos que mañana cambiaremos, distiende nuestro rostro la promesa del camino nuevo, alzamos valientes la mirada a tu mirada, y pasa el miedo.

Amanece y te vas, pesadilla de conciencias confundidas, espejo de los eternos nadie que te odiamos y tememos. Y en la primera luz que te vence,  hacemos nuestra la victoria, nuestros miedos se van contigo. Nuestra voz se pierde tras de ti, no nos oyes, no te vuelves, y el eco que queda del infantil grito, llega tarde.

Pero llega, y tu regreso es entonces aún más cruel que el de ayer, nos invade de nuevo el sudor frío, el fuego atenazante, y se nos enreda en los labios la eterna promesa no cumplida, la repetimos, suplicantes, como niños asustados. Otra vez somos nadie.

Noche, ¿por qué?, ¿por qué en lugar de madrastra no eres madre?




Mª Carmen Prada Alonso

lunes, 1 de octubre de 2012

La tía Beatriz


                                     FINALISTA CERTAMEN NARRATIVA TACI 2013     


Beatriz a Pedro le trataba de usted a pesar de ser su hermano, pero era su hermano mayor y también su padrino, y eso le infundía tanto respeto que nunca le habría salido tratarle como al resto de sus hermanos. Además, Pedro era todo un señor empresario, y aquello lo engrandecía más a sus ojos, así que hasta excelencia le hubiera llamado si se cuadrara.

Beatriz bajaba al mercado de los lunes al pueblo para hacer sus encargos, y comía en casa de su padrino. Sus sobrinos enseguida corrían a darle dos besos cuando llegaba y se quedaban a su alrededor, mirándola embobados. Era guapa, muy guapa, con su pelo negrísimo y ondulado, sus ojos color marrón claro, nariz pequeña y recta, y una dulce sonrisa que dejaba ver una dentadura blanca y perfecta.

Un día, Carmina, con curiosidad infantil, le preguntó por qué llevaba siempre el mismo vestido, tanto en verano como en invierno.

-Voy de hábito por una promesa que hice.

-¿Y que es ir de hábito?

-Pues esto que hago yo, ponerme este vestido, durante el tiempo que haya prometido. Yo lo he ofrecido por dos años.

Era un vestido marrón que le llegaba por debajo de la rodilla, ceñido en la cintura por un estrecho cinto de cuero de color negro que se ajustaba con una hebilla pequeña. Tenía media manga, y a un lado del pecho llevaba prendido un broche con la imagen de la Virgen del Carmen.

Beatriz hablaba siempre bajito y apenas se la oía entre la algarabía de sus sobrinos. A ellos les hacía mucha gracia que llamara a su hermano padrino y le tratara de usted, y ella, pacientemente, les explicaba sus razones.

Nunca se iba sin repartirles los caramelos que había comprado en el mercado, y después de darles un beso a cada uno, se despedía de ellos con un “Hasta el próximo lunes”.

A pesar de su sempiterna sonrisa, se adivinaba una nube de tristeza en sus ojos, y alguna vez habían visto lágrimas que caían casi a escondidas por sus mejillas cuando cuchicheaba con su padrino.

Cada verano iban a la fiesta del pueblo de la tía Beatriz. Cargaban el coche con una gran maleta de mimbre, en la que llevaban la comida: tortilla, empanada, pollo, chorizo, jamón, queso y las botellas de gaseosa y vino, además de una bota del especial, que era exclusivamente para el uso y disfrute del padre de familia.

Cuando llegaban, extendían dos mantas en el prado que estaba junto a la iglesia, guardándose así el sitio antes de comenzar la Misa, y luego se reunían con la tía Beatriz. Diego, su marido, nunca aparecía por allí, ni por el mercado; casi ni lo conocían. Ella decía que estaba haciendo algo en otro sitio, siempre había una excusa, pero ni siquiera comía con ellos el día grande de las fiestas.

Acabada la Misa, salía la procesión con la imagen de la patrona del pueblo. El pelo que tenía la imagen era el de Beatriz, que se lo cortó cuando pasó a moza y lo regaló a la Virgen para que le hicieran una peluca. Desde entonces, sus preciosas trenzas negras habían pasado a santas.

Al finalizar la procesión, quedaba en el aire, durante un buen rato, el olor a incienso que había esparcido el cura durante el trayecto.

Eran los recuerdos que de ella iban quedando en sus sobrinos, olores, palabras suaves, imágenes rápidas, y sobre todo sus ojos, con aquella misteriosa mirada que hasta bien mayores no llegaron a comprender.

Una mañana,sin ser lunes, Beatriz se presentó en la casa de su padrino . Enseguida su cuñada se la llevó a la habitación del matrimonio y al poco llegó Pedro, metiéndose allí con las dos mujeres. Los muchachos pensaron que algo importante debía pasar, porque sus padres solo entraban a hablar en su dormitorio cuando el asunto era grave.

A través de las paredes se oían susurros, unas veces de ella, otras de su hermano y de su cuñada, y, de vez en cuando, algún sollozo de Beatriz. Cuando salieron tenía los ojos enrojecidos. Pedro la llevaba de la mano con gesto firme y la boca apretada, y su mujer palmeaba cariñosamente su espalda en señal de consuelo y apoyo.  Después, los dos hermanos salieron de la casa y se subieron al coche que estaba aparcado frente a la puerta.

-Voy a llevarla, vuelvo enseguida.

Camino de su pueblo, por aquella polvorienta carretera, a la que aún tardaría en llegar el asfalto, Beatriz iba encogida y llorosa.

-Por favor, padrino, deje que me quede con usted, no puedo más, por favor…

Pedro le tenía cogida una mano, mientras con la otra sujetaba el volante.

-Sabes que no puede ser. ¿Quieres que te venga a buscar la guardia civil? Acabarías en el calabozo.

-No me importa. Mejor la cárcel que el infierno que tengo en casa.

-Por Dios, no digas eso, sería una gran deshonra para ti y para todos. Hablaré con él; no te preocupes, que no sucederá más.

Beatriz agachó la cabeza y no volvió a decir nada hasta que llegaron a su casa. Tenía la misma expresión de los animales que llevaban al matadero presintiendo su fin.

Subieron la escalera. Pedro empujó el pestillo de la puerta, entrando delante de su hermana, que se medio ocultaba detrás de su corpachón.

En la cama del dormitorio estaba tendido Diego, con la ropa puesta y las botas manchadas de barro, encima de la blanca colcha de ganchillo.

Pedro entró de golpe, sin miramientos, y agarrándolo por la camisa, lo levantó de un fuerte tirón. Él era grande y fuerte y su cuñado un poco más bajo y delgado, por lo que no le costó mucho esfuerzo ponerlo de pie frente a él, sin soltar su camisa, y casi pegado a su cuerpo.

-Si vuelves a ponerle la mano encima-le dijo rabioso-yo voy a la cárcel, pero a ti te mato, canalla.

Diego estaba espantado, con los ojos muy abiertos, y el susto del brusco despertar reflejado en su cara.

-¿Me has oído, animal?-le gritó Pedro.

-No quería-balbuceó Diego-, perdóname, estaba borracho, no sabía lo que hacía, por Dios, cálmate, tú sabes que la quiero, lo siento, perdón, perdón…

Le salían las palabras a borbotones, enredadas, mientras dejaba un pestilente olor a alcohol y a tabaco.

-Pues no bebas. Y no lo olvides, vuelve a tocarla y te mato.

Y de un empujón lo soltó y lo tiró sobre la cama

Antes de desaparecer, se volvió desde la puerta y le gritó:

-¡Te mato!

Beatriz había permanecido escondida detrás del tabique de la habitación. Nunca había visto así a su padrino, congestionado por la ira, y estaba asustada.

-Verás como no vuelve a pegarte, no te preocupes. Pero no escapes de casa, porque si te denuncia, la que vas a perder eres tú. Éste no es de los que sacan cuchillo, así que tú no puedes denunciarle.

Beatriz asintió con la cabeza. Su padrino sabía más que ella, así que le haría caso. Había dejado las cosas en su sitio y Diego le tenía miedo. A lo mejor no volvía a pegarle.

Después de la amenaza de Pedro, Diego no tardó en volver a las andadas. Cuando bebía se le olvidaba todo, hasta el miedo, y al llegar a casa borracho, arremetía contra la pobre mujer, que lo mejor que podía hacer era salir corriendo después de los primeros golpes, y esconderse hasta que se le pasara la borrachera.

Cada lunes, cuando iba a casa de su padrino, éste le preguntaba:

-¿Cómo va todo?

-Bien, bien, aguantándole, pero bien.

-¿Te ha vuelto a pegar?

-No, no-se apresuraba a decir ella- Ahora, cuando bebe, da patadas a todo lo que pilla, pero yo escapo, y no me va detrás como antes.

-Maldito borracho, así reventara ya de una vez en una de esas.

Beatriz le mentía porque creía que su padrino podía llegar a matar a Diego si se enteraba de que la seguía pegando, y entonces se lo llevarían a la cárcel, y desgraciaría su vida y la de su familia. Así que decidió que nunca volvería a decirle lo que realmente pasaba.

Un buen día Diego enfermó; se le iban yendo las fuerzas poco a poco, y cuando fueron al médico, lo mandó al hospital para que le hicieran unas pruebas. El resultado fue cáncer de pulmón, ya muy avanzado, con lo que poco o nada se podía hacer por él.

Beatriz no se alegró ni se entristeció. Solo dejó de recibir golpes, y desde que Diego tuvo que permanecer acostado, ella le atendía, le cambiaba la bombona de oxígeno cuando hacía falta, siempre estaba a su vera, de día y de noche; era buena cristiana y cumplidora fiel de sus obligaciones, y así se mantuvo hasta el final. De la boca de aquel demonio no salió una palabra de arrepentimiento, nunca le pidió perdón ni ella lo esperó tampoco. De la de Beatriz tampoco salió ningún reproche, ni siquiera le tenía odio.  Simplemente le daba igual.

Muchos años después Beatriz oiría hablar de la igualdad de las mujeres, de sus derechos, de las leyes que las protegían. Pero para entonces a ella ya no le servían. Solo le consoló pensar que si hubiera tenido alguna hija y hubiera dado con un mal hombre, no habría padecido lo que ella.

¿O sí?



                                             FIN



Mª Carmen Prada Alonso

sábado, 29 de septiembre de 2012

El gallo (Poema)

EL GALLO

Tu has creído que soy tonta porque callo,
convencido de que al no luchar, consiento,
te has metido en tu pobre pensamiento
que en el corral de mi vida eres el gallo.

Yo prefiero la venganza a la protesta,
hago uso de mi cuerpo como espada,
y entregando mis amores por la nada,
ya te tengo bien cortada tu alta cresta.

Y de gallo te paseas
apretándome en tus brazos,
sin ver que está hecha pedazos
la cresta que pavoneas.

Tu te alejas o te acercas cuando quieres,
me desprecias o me amas a tu gusto,
no permites que te diga cuán injusto
es hacer conmigo aquello que prefieres.

Y callada, sin pensar en mi conciencia,
beso, amo y acaricio a quien yo quiero,
y me río de ese pobre gallinero
que tan bien te crees que guarda mi inocencia.

Y de gallo te paseas
apretándome en tus brazos,
sin ver que está hecha pedazos
la cresta que pavoneas.


                            



Mª Carmen Prada Alonso



Bajo un cielo de cristal

PRIMER PREMIO MICRORRELATOS @museocasalis #bajouncielodecristal 2012

Se adueñó de mí la mudez, se rompió la luz del día, y la ensoñación se adueñó de todo mi ser, bajo un cielo de cristal.


Mª Carmen Prada Alonso

viernes, 28 de septiembre de 2012

La vil calumnia


Teniendo yo por bien a una persona, dijéronme de ella felonía tal, que hubiera trocado en mueca la sonrisa con que le agasajaba si no fuera porque, conociendo yo la envidia y la maldad de algunas lenguas, conseguí que mi buen juicio hiciera caso omiso a la calumnia.
No obstante, siempre quedome la duda de si aquélla pudiera tener algo de cierto o no, pues la naturaleza humana está sujeta al ir y venir de las vacilaciones, y las malas palabras dejan siempre sombras que oscurecen las mejores intenciones.
Y di en pensar qué triste y cierto es que las gentes no son lo que son, sino lo que de ellas hacen los juicios de los demás, y no es menester ser docto en las ciencias del entendimiento para comprender tal sentencia.
Pero aun reflexioné más y vi que no era eso lo peor, pues aún dentro de tal mal, queda siempre la opción de que no nos importe lo que los demás digan, y hacer lo que nos venga en gana. Lo peor es que, si mal parece pagar las culpas que cometemos, el pagar por lo que no se hizo desgarra las carnes más duras.
Esas personas, por darles algún nombre, que se dedican a sangrar al prójimo con el cuchillo de la calumnia, poniendo en entredicho la vida, el ser y el futuro del chivo expiatorio que eligen como blanco de sus maldades, hubieran de sufrir castigo tal, que los sumiera en los más hondos pesares.
El sufrimiento que produce el saber que una venenosa lengua ha lamido el buen decir de cualquiera, se escapa a toda medida, pues la persona calumniada queda a la deriva en ese mar de confusión que crece en torno a ella.
Dime cuenta con tal reflexión, que aún es mal mayor que apenas demos importancia a pecado tan grande, dejándolo en enredos y cotilleo de comadres.
Y aunque piensen muchos que el mal barro no ensucia las buenas botas, es más cierto que ignorando ese barro, más nos encharcamos, y si encontramos atajo limpio, en cualquier momento puede echarse a llover y vernos los pies mojados, que en este cuitado mundo parece que los males nos inundan a todos.
Dicen los sabios que perdón muestra nobleza, pero si nobleza obliga, el pecado de la calumnia, de puro innoble, jamás debiera tener perdón, y de buena justicia fuera que los venenos que sueltan las sucias lenguas se volvieran palos contra sus costillas.
Quédame después de tan tristes pensares, la esperanza de que todavía haya suficiente conocimiento para que el desprecio a los calumniadores venza a la propia calumnia y borre la mezquindad de aquellos a los que la Naturaleza debió negarles el sagrado don de la palabra.



Mª Carmen Prada Alonso


miércoles, 26 de septiembre de 2012

Diez meses de soledad


Certamen literario de relatos
"Carmen Martín Gaite"
Villa de Lumbrales
Tema:"La mujer rural"
AÑO: 2009 - 2º PREMIO.





Diez meses de soledad




Caía la tarde y empezaba a suavizar el calor de Agosto; delante de la puerta de la casa estaba el coche cargado con las maletas y, a su lado, Teresa esperaba a que Carlos terminara de colocar todo. Sus vacaciones habían terminado y se iba, y con su marcha acabaría todo, estaba segura.

-Bueno, ya está-dijo Carlos mientras cerraba el maletero-.Lo he pasado muy bien, eres maravillosa y todo esto es precioso, han sido unas de las mejores vacaciones que he tenido.

La cogió por los hombros, le acarició la cara y dejó en ella un último beso.

-Estaremos en contacto, ¿vale?-fue su despedida.

Teresa sonrió; claro que estarían en contacto, justo hasta que pasaran unos días, como mucho unas semanas. Era lo de siempre, el típico amor de verano en el que todo era maravilloso mientras duraba, y duraba eso, el verano.

Cuando vio desaparecer el coche, se giró y entró en la casa. Era una preciosa casa rural con cuatro habitaciones en un pueblo de la sierra al que acudían visitantes llamados por el encanto del paisaje, las costumbres y los alojamientos típicos de la zona.

Era su tierra, su pueblo, su vida; había nacido allí, como sus padres, sus abuelos y las generaciones anteriores. Se había criado sin echar nada de menos, disfrutando de sus compañeros de juegos, mucho espacio, los baños en el río durante el verano, la escuela en invierno, una infancia feliz, lejos del ruido y los peligros de la ciudad.

Estudió lo justo hasta que "dejó de gustarle"; era joven, inconsciente y, por supuesto, nada calculadora de un futuro que veía muy lejano, así que cuando terminó los estudios básicos, decidió que no quería seguir. Tampoco sus padres insistieron mucho en que lo hiciera, después de todo, podía tener la vida asegurada en el pueblo; años antes se habían gastado sus ahorros en preparar la antigua casa de los abuelos para su explotación, en lo que se había denominado el boom del turismo rural y con la ayuda de una pequeña subvención, consiguieron que aquella casa se convirtiera en uno de los alojamientos de referencia de la zona.

Así que, después de todo, les venía bien que su hija se quedara allí y les ayudara con aquello que, a buen seguro, les proporcionaría buenos ingresos. Y en principio, a ella también le pareció una excelente idea.

Con veintidós años, Teresa se convirtió en una mujer más del llamado medio rural, pero del grupo de las afortunadas, o así se lo hacían ver, porque ni tenía que doblar el lomo sobre las tierras, ni sacudir varales bajo los cielos.

Nadie, ni siquiera ella, pensó que además de tener solventada su economía, había otros muchos aspectos de su vida, con otro tipo de necesidades tan fundamentales para vivir como el propio pan.

Comenzó a sentirse sola, muy sola; los jóvenes se habían ido del pueblo, unos sacando estudios y otros colocados en la ciudad en trabajos que apenas les daba para malvivir, pero según decían, antes cualquier cosa que quedarse en el pueblo.

Añadía a todo la dificultad de las comunicaciones, que todavía seguían sufriendo, ya que no era un pueblo cercano a la ciudad, de esos en los que se va y viene en menosde media hora, no; ella tenía un autobús de línea una vez al día y una distancia de no menos de una hora para poder disfrutar de algo. Y el coche familiar era para todos, no

se podía tener uno para cada uno, así que su libertad de movimientos dependía de que coincidieran para ir al mismo sitio.

Y aún su madre, cuando Teresa se quejaba le decía:

-Tenías que haber vivido como yo, a la labor desde muy temprano, luego venir a la casa a preparar la comida, después los animales, que también había que atenderlos, y sin ninguna de las comodidades que tenéis ahora, lavadora, nevera, televisión, hija, no sé de que te quejas.

Puestos a pedir, le hubiera gustado tener internet, era una forma de comunicarse con el mundo, de hacer amigos, de asomarse más allá de lo que podía ver desde su ventana, pero la línea todavía no había llegado. En muchos pueblos, en demasiados, seguía el aislamiento, la incomunicación, la terrible soledad.

Se encontraba atada de pies y manos y veía que su futuro era tan gris que hasta le daba pena de ella misma. Aquello tan rural, tan hermoso, tan apacible, era su jaula, pero, ¿a dónde ir?.

Cierto que en el verano aquello cambiaba, el pueblo se animaba con los turistas, la vida estallaba de pronto, y aunque tuviera más trabajo, al menos aquel bullicio la envolvía y se hacía todo más llevadero; sus amigas de siempre volvían a pasar allí partede las vacaciones y ella misma podía escaparse unos días como merecido premio a su labor. Pero luego todo volvía a quedarse en silencio, vacío, a la espera de que los fines de semana volvieran los amantes del aire puro y la naturaleza y ocuparan las habitaciones de la casa, intentar tener algo de conversación con ellos y volver a limpiar para los próximos.

Después, el invierno, con sus largas noches y la mirada perdida en el horizonte, a la espera de que llegara el verano, dos meses, julio y agosto, dos nada más. Y después, diez meses de soledad.

Un gesto de rabia se dibujó en su cara; amaba lo que tenía, amaba su tierra y no quería renunciar a todo aquello, pero tampoco quería que su vida se redujera a la pobre resignación de aceptar lo que le viniera por no poder hacer otra cosa. Era joven, tenía sueños y solo debía luchar para conseguirlos, pero conseguirlos allí, donde estaba todo lo que amaba. No podía quedarse quieta esperando a que aquello cambiara, tenía que cambiarlo ella, o al menos intentarlo.

Su cabeza se llenó de planes, de proyectos, buscaría gente que, como ella, deseara una vida mejor en su tierra, sin tener que irse como los demás. Sus sueños merecían el esfuerzo, y ella se merecía sus sueños.

Y tenía por delante diez meses, diez meses de esperanza.




Mª Carmen Prada Alonso